
Al volver a la emisora y reencontrarme con ese rincón, me he reencontrado también conmigo misma, con la que yo he sido en los tres años que pasaron desde que me incorporé en Huelva hasta que me fui para tener a mi hija. Y aunque se trata de una vuelta a un lugar conocido, para mí, esta semana, ha comenzado una nueva etapa. Ahora, cuando me voy de casa, mucho antes del amanecer, dejo en mi cama a otra persona más. El primer día se quedó llorando una hora entera. El segundo lloró menos. Hoy he sido capaz de salir de la casa sin que ella note nada. Poco a poco.

Lo que no ha cambiado ni un ápice es esa sensación ante el micrófono (o el teléfono), justo antes de entrar, cuando el cuerpo se pone tenso, la voz se prepara y la mente se estructura alrededor de dos o tres ideas que se ordenan y toman forma a través de la palabra. Eso sigue igual que el primer día, aunque mejor, porque con los años he aprendido a disfrutar de ese vértigo que, al menos para mi, vuelve a ser completamente adictivo (y eso que lo tenía casi olvidado). Tampoco cambia el cariño por mis compañeros que me han vuelto a abrir sus brazos para darme la bienvenida y sus ánimos en esta nueva etapa en la que me he convertido en una de esas madres repelentes que van enseñando por ahí la foto de una hija a la que echan tanto de menos. Tampoco, y eso me recoforta, el sabor del café de las mañanas en el bar de siempre, donde antes de llegar saben perfectamente lo que me apetece tomar, mucho antes de que yo misma lo sepa. Como si hubiera sido ayer mismo mi último desayuno.
Me gusta esta ciudad tan humana. Me gusta reencontrarmela.