Reseña: "Ecce Comu" - Daniel Mariano Leiro

Publicado el 21 octubre 2009 por Espacioagon

Ecce Comu

Gianni Vattimo


por

Daniel Mariano Leiro

En la medida en que procura encarnar la promesa revolucionaria que aspira a que lo dado, la pura efectividad no se convierta en la palabra definitiva, la hermenéutica debolista de Gianni Vattimo ha pretendido mantenerse siempre fiel a una inspiración de izquierda. Esa aspiración vuelve a ponerse de manifiesto en el último libro del filósofo italiano que Editorial Paidós acaba de publicar en castellano.

Bajo el título de Ecce Comu el libro desmiente el juicio apresurado que acusaba al pensamiento débil de ser uno de los últimos productos ideológicos del capitalismo tardío. Y lo hace acentuando de un modo intempestivo la crítica de izquierdas en un momento donde el retroceso de las fuerzas progresistas en el mundo desarrollado ha hecho perder a la izquierda democrática los rasgos de su identidad hasta el extremo de lo irreconocible. Pero lejos de ser un “giro”, la acentuación de la crítica en la hermenéutica de Vattimo, pretende retomar la motivación práctica que lo había inclinado desde joven hacia la filosofía. Una inspiración que no puede desligarse del interés muy en boga en el pensamiento crítico de los años 60 que buscaba una síntesis del espíritu más contestatario de Nietzsche y Marx, lo que puede ayudarnos a entender el título algo hermético del libro que comentamos.

El propio Vattimo reconoce que su procedencia marcada por el sabor amargo de una experiencia política partidaria en cierto modo frustrada, es un episodio en una vida política dilatada que transcurrió en su mayor parte alejada de la contienda de los partidos, pero que se ha visto signada por un compromiso “católico-comunista” al cual el filósofo de Turín nunca ha querido renunciar. Así, se entiende que este testimonio de su paso por la arena política pueda comprenderse como un intento de explicación que, parodiando en cierto modo a Nietzsche con “un poco de ironía libre y goliardezca”, relata las peripecias de un intelectual europeo (y más precisamente católico e italiano) para llegar a ser lo que se era en política.

La ontología de la actualidad que sigue el hilo conductor de la reducción de la violencia basándose en razones ético-políticas se traduce en la búsqueda de una sociedad no-autoritaria a la que se espera llegar mediante la responsable radicalización de un proyecto democrático que, abandonando los residuos metafísicos de la justificación de la ética comunicativa, privilegia a la negociación dialógica y persuasiva como algo consustancial a la idea misma de interpretación. Bien podría entonces afirmarse que el debolismo se realiza en una política que adhiere a una posición “minimalista de contenidos”, asumiendo previamente a la participación de todos en la deliberación compartida, orientaciones éticas muy generales que se desprenden del rechazo de la violencia y el derecho-deber de cada uno a proyectarse a sí-mismo, ejerciendo la mayor libertad posible, precisamente porque no se presupone ninguna definición metafísica de la verdadera naturaleza humana que ha servido siempre para justificar autoritarismos de todo tipo. Por la misma razón, una política de orientación nihilista no presupone un ideal metafísico de igualdad entendido como algo dado, impuesto por la naturaleza humana, sino que deberá reconstituirla en espacios que aseguren el diálogo y la libre participación de todos. Para Vattimo la verdad del socialismo se manifiesta en la época del ocaso del ser metafísico a través de una forma de antinaturalismo radical que debería, ante todo conducir a un programa de liberación del dominio de las leyes del mercado. Restaurar la autonomía política respecto de la economía siguiendo la inspiración de Hanna Arendt, significa según nuestro autor reencontrar en el presente la verdad olvidada del mensaje socialista, cuya validez – aún por realizar - se condensa todavía en aquel famoso lema de La Crítica al Programa de Gotha: de cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades.

Distorsionando la doctrina arendtiana de la política aunque sin llegar a ser infiel, Vattimo considera que se puede llamar “socialista” a una sociedad habitable donde la exigencia de la supervivencia vendría acompañada del reconocimiento, un bien imposible de medir en términos económicos, que constituye una condición indispensable para la buena vida. Una sociedad socialista así entendida, con capacidad de decisión para resistir los embates que la globalización económica engendra, y su inevitable contrapartida, la indisciplina desordenada del populismo, sería una sociedad que pudiera garantizar el equilibrio de las diferencias, mediante la afirmación del derecho al reconocimiento de las comunidades que lo integran. De hecho una sociedad en la cual comenzara a tomar cuerpo este ideal de libertad, debería ser una sociedad de relaciones más flexibles donde pudieran vivir muchas comunidades diversas que no necesariamente comparten los mismos ideales ni las mismas formas de vida; una sociedad pluralista capaz de tolerar en su interior incluso hasta algunos focos de anarquía, sin necesidad de llegar al límite indeseable de la resistencia antisocial.

La aspiración al comunismo a la que Vattimo considera que se debería retornar después del fin del comunismo soviético no puede ser otra que la del sueño de una sociedad libre del dominio, en donde se consigue recuperar las dimensiones utópicas de la izquierda. Un mundo ya no alienado por la división del trabajo, sería tal vez un mundo más justo, pero no un mundo perfecto. En efecto, el ideal de una sociedad libre de las relaciones de poder y de la estructura de propiedad dominante que no produce riqueza ni emancipación para todos, no se puede simplemente identificar con el viejo sueño de una comunidad sin más conflictos (lo que tampoco sería deseable), porque el interés de cada uno llegara a confluir en perfecta armonía con la voluntad de todos.

En el final de la metafísica cuando han declinado las formas de autoridad del pasado, la posibilidad de un comunismo libertario podría solamente fundarse en una concepción hermenéutica de la sociedad, más acorde a la vida democrática, para la cual el conflicto de interpretaciones debería ser su normal modo de funcionar. Es precisamente el reconocimiento de esa experiencia de la pluralidad liberada del mundo, lo que permitiría que los conflictos puedan desenvolverse en forma menos violenta, porque se descubren, siguiendo las enseñanzas de Nietzsche, como conflictos de interpretaciones que se asumen como tales.

La aspiración del comunismo que Vattimo piensa que se debería rescatar, tendrá que liberarse de los ideales del "desarrollo" y el rendimiento económico que terminaron por difuminar el contenido libertario del programa leninista de los soviets, en un intento desesperado por convertir a la estructura estatal-comunista en el más eficiente modelo de organización de la producción. Si alguna conclusión podemos todavía extraer de aquella experiencia fracasada, así como de los sucesivos recortes al sistema socialdemócrata europeo que en las últimas décadas se han propuesto un intento de racionalización, es que cualquier avance hacia el socialismo se pervierte cuando se intenta competir con el capitalismo en términos de su eficacia productiva. En tal sentido, será mejor abandonar toda esperanza de que el socialismo pueda hacer funcionar a la economía sin los males de crisis y desocupación de las que el marxismo cientificista pretendió verse liberado, imaginando la posibilidad de un mundo planificado y completamente racional. La finalidad de un cambio en las relaciones de poder vinculado a la estructura de propiedad como aquel en la cual piensa el filósofo italiano, nunca podría seguir los criterios de rendimiento y eficiencia del capitalismo, sino el interés de asegurar una vida "buena" a una mayor cantidad de personas, lo que solamente se puede apreciar desde una lógica del don diferente de la que domina el mundo del mercado.

Desde una racionalidad hermenéutica no-metafísica como la que el pensador italiano defiende la necesidad del socialismo debilitado en las actuales condiciones de la tardo-modernidad, no puede justificarse más que haciendo referencia a una posible respuesta que el penseiro debole intenta ofrecer a la transmisión histórico-cultural en la cual se ha formado y en la cual la escucha atenta del mensaje de la caridad del cristianismo secularizado, donde un Dios piadoso se encarna, no más en señor sino en hermano, no podría sino ejercer un peso fundamental.

A la luz de los acontecimientos nada alentadores del presente, Vattimo ha visto apagarse la confianza que alguna vez tuvo en el ideal de una Europa unida y haciendo de contrapeso político a la soberanía de la globalización económica, impuesta de forma violenta por la coalición atlántica y sus aliados contra el terrorismo mundial. Conspira contra ese sueño no sólo la corrupción y deficiencias de las clases dirigentes europeas, sino también el hecho de que las masas que viven dentro de la fortaleza militarizada que la sociedad “opulenta” ha levantado para su defensa, tienden a no cuestionar la reducción de las libertades individuales, con tal de no perder los privilegios que el mundo desarrollado les puede todavía asegurar. Y a medida que Vattimo ha visto menguar su fe en el rol del viejo continente, ha ido depositando cada vez más, sus esperanzas en las posibilidades del “ejemplo Latinoamericano”, del cual nos habla unas pocas páginas de Ecce Comu. Un ejemplo en el que a pesar de sus múltiples falencias y debilidades, se podría comenzar a trabajar para oponer una alternativa al caricaturesco ideal democrático de una Europa cooptada en su mayor parte por su dependencia tecnológica al modelo americano

El filósofo de Turín es conciente de que el ideal de una sociedad augurable que propone no parece estar muy cerca en la actual situación del mundo. Y aún así su provocador libro consigue reabrir un debate que parecía clausurado en un tiempo escaso de discusiones. Lo cierto es que mantener viva la esperanza que Ecce Comu intenta transmitir parece ser la única alternativa por la que vale todavía la pena luchar.