Reto 3 de "una navidad en compañía": cuento navideño

Publicado el 21 diciembre 2012 por Patriciao @patokata

 

Bueno, como habrán visto en la barra lateral, en el gadget Desafíos, comencé a participar del Reto "Una Navidad en Compañía" propuesto por el Blog Acompáñame. La Plantilla Navideña que estoy utilizando forma parte del reto, aun están a tiempo de anotarse, solo den click en el banner y podrán informarse.
Dejo aquí mi aporte para el Reto 3, el cual consiste en escribir un relato, sin importar la extensión, que tenga algo que ver con la navidad y que contenga la palabra Acompáñame.
El siguiente relato fue escrito para el proyecto Navideño de Adict@s a la Escritura del año pasado, lo he editado para mejorarlo y para agregarle la palabra especificada en el reto.
Espero que lo disfruten.


ALMA CON ALAS
La tarde noche lo encontró haciendo dedo al borde de la autopista. Hacía tiempo que quería lanzarse a esa aventura pero siempre lo postergó ante las súplicas de su madre. La última discusión con el imbécil de su padrastro lo empujó a decidir; le dolió marcharse cuando ella lloraba pero no dio marcha atrás. Ni siquiera teniendo en cuenta que faltaban apenas horas para la navidad.
Amaba a su madre, lo había criado sola desde que su padre murió siendo él muy pequeño, le debía todo lo que era, pero él ya estaba por cumplir veintitrés años y quería empezar a vivir su vida. Cuidó bien de no llevar el celular, de esa forma evitaría que lo llamara sin cesar para rogarle que volviera. Estos pensamientos bullían en su mente cuando al fin un piadoso conductor paró a recogerlo.
—Muchas gracias —dijo, en cuanto se acomodó en el asiento del acompañante—. Hace horas que estoy aquí, han pasado varios vehículos pero ninguno quiso detenerse —explicó, a la conductora, con una sonrisa.
—Lamento mucho que ocurriera eso. Las rutas en el último tiempo no han sido muy seguras —respondió la mujer de pelo cano, mirada serena y voz segura y confiable, que iba tras el volante—. Tú pareces buen chico ―continuó, luego de un breve silencio, con mirada afable―, ¿qué haces tan lejos de casa, faltando tan pocas horas para la llegada de la navidad? —preguntó, mirando a la carretera y, a veces, a él.
―Buscando libertad —respondió el chico en un susurro, sin apartar la vista del paisaje borroso tras la ventanilla.
―¿Crees que necesitas ir tan lejos y apartarte de todo para encontrarla? ―. Él se encogió de hombros y no respondió, contemplaba las luces de los autos que los encandilaban.
―¿Sabe de algún lugar agreste y tranquilo que quede de camino?
―Oh, sí. Conozco un pequeño bosque en lo alto de la montaña que queda camino a casa. Es fácil de subir y dicen que la vista desde allí es muy bella —respondió, y apartó unos segundos la atención de la ruta para mirarlo con detenimiento—. Perdona que sea entrometida pero, ¿crees que es buena idea pasar solo una noche como esta? Si quieres puedes quedarte en casa, mi hija y yo pasaremos juntas y estaríamos contentas de tener un invitado.
—Se lo agradezco, pero necesito privacidad y, además, no quiero molestar —fue su breve respuesta, había seguridad y determinación en sus ojos.
—Muy bien, veo que no lograré convencerte. Si no te molesta haremos una parada en casa para dejar las compras y luego te alcanzo hasta el pie de la montaña, ¿te parece? Por cierto, mi nombre es Lidia, mucho gusto —le dijo, sonriendo.
—No hay problema, se lo agradezco. Me llamo Mathias —. Esbozó una sonrisa, mirándola apenas.
La casa de la señora era pequeña y humilde, su exterior estaba adornado con luces y motivos navideños. Ella bajó las provisiones que llevaba en el baúl del auto y cuando abrió el portón fue recibida por un pequeño cachorro que saltaba alegre a su alrededor. El muchacho observó la escena con curiosidad. Desde el coche vio la chimenea encendida y, próxima a esta, la silueta de alguien que disfrutaba del calor. Cuando la buena mujer volvió traía una bolsa de papel entre los brazos.
―Mira, si no te ofendes aquí te traje un pedazo de pastel de pollo recién horneado y una botella de sidra —. Se lo entregó y ocupó su lugar detrás del volante.
El muchacho no quiso ser descortés, no tenía apetito pero aceptó el regalo con fingido entusiasmo. Al fin llegaron al lugar, él tomo su mochila y el paquete que minutos antes le había dado.
―Feliz Navidad. Espero que encuentres lo que estás buscando ―susurró ella, antes de despedirse, y le dio un abrazo. Este gesto lo conmovió, ya se estaba arrepintiendo de estar tan lejos de casa.
―Gracias ―respondió con una sonrisa forzada, y desvió la mirada para que no viera sus ojos húmedos.
Comenzó a ascender sin volver la vista atrás, estaba seguro que Lidia aún estaba allí, observándolo. Pensó en su madre y se le hizo un nudo en la garganta.
Ayudado por una linterna llegó en pocos minutos a la cima de la montaña, ya que no era muy empinada. Contemplo las luces titilantes de la ciudad y de más allá, la señora no había mentido. Sin prisa comenzó a armar la tienda, miró su reloj y constató que faltaba muy poco para la medianoche. Encendió una pequeña fogata para calentarse, estaba abrigado pero aun así sentía frío. Comió un trozo del pastel de pollo y lo acompañó con un sorbo de sidra, tenía que reconocer que estaba todo tan apetitoso que terminó por abrirle el apetito. Pronto se oyeron los primeros fuegos artificiales, era medianoche. Nuevamente pensó en su madre, se arrepintió de marcharse de la forma en que lo hizo.
—Hola —oyó a su espalda y se sobresaltó.
Cuando se giró vio a una chica que tendría su edad y que venía hacía él sonriendo.
—Feliz Navidad —dijo ella, mientras se acercaba—. Veo que viniste preparado, ¿me vas a convidar? Tenemos que celebrar, ¿no? —. El la observó anonadado, nunca imaginó que había alguien por allí—. Quizá quieras saludar a alguien esta noche —continuó y le ofreció un pequeño celular—. Si dejas tu orgullo de lado no sólo harás feliz a alguien hoy, también tú lo serás —agregó, para aplacar sus dudas.
Finalmente aceptó, llamó a su madre y esta se emocionó mucho; no le reclamó, estaba preocupada por él pero ahora que lo oía sabía que ya era lo bastante maduro como para tomar las riendas de su vida. También ella había madurado al aceptar que él ya era un hombre, aunque lo siguiera viendo como a su niño. Cuando terminó la conversación, sonreía feliz. La chica continuaba allí, esperándolo para comer ese rico pastel y hacer el brindis de la navidad. Pasaron casi toda la noche riendo, entre bromas, ella era muy alegre y bonita; en ningún momento el chico se cuestionó de dónde había salido o cómo había llegado allí, eso pareció no importar.
Al otro día, cuando despertó, la joven ya no estaba, lamentó no haberle preguntado siquiera su nombre luego de lo que había hecho por él; recogió sus cosas para seguir camino e hizo un alto en la casa de Lidia para despedirse. Ella se puso muy contenta de verlo, lo hizo pasar y le presentó a su hija Luana. El muchacho se asombró, era la misma muchacha alegre con la que había celebrado la navidad. Estaba a punto de comentarlo cuando se enteró que la chica nació con una grave enfermedad degenerativa que poco a poco la fue dejando postrada en esa silla de ruedas, sin posibilidades de hablar o de moverse pero sí de escuchar y comprender.
—Sin embargo, te puedo asegurar que ella es el ser más libre que hay sobre esta tierra —le explicó Lidia, con emoción en la voz, sin dejar de mirarlo. Mathias quedó mudo, con los ojos fijos en los de la muchacha, risueños y llenos de vida. Estaba agradecido con ambas mujeres por lo todo lo que habían hecho por él esa noche de navidad, cada una a su manera. “Acompáñame”, le pareció oír la voz de la chica de la noche anterior; miró a Luana y vislumbró una sonrisa cómplice en su mirada...