“Dicen que, si uno lame la piel del sapo, los desvaríos son inminentes y la muerte, inevitable.” – Pensó mirando su techo con humedades, recostado en su catre chirriante.
Oía su potente croar… Debía ser del tamaño de un puño, el maldito. No le dejaba dormir, tampoco el fugaz correteo de algún roedor en el sobrao. El polvo en suspensión le ahogaba levemente.
Ya había empacado el balde de Checoslovaquia, la balanza de pesar oro, el sable herrumbroso del abuelo y su medalla de Héroe de la Guerra del Chaco. Por fin había encontrado comprador… ¡Una miseria, pero mejor que na!… El retrato de la Señora Elma continuaba aún colgado. Si alguna vez lo hubiera limpiado, habría descubierto, más allá de la pátina de suciedad del cristal, la mirada eternamente decepcionada de su abuela.
Jesuco sentía como si hubiera vendido el alma de su familia.
En realidad, la había regalado.
