Ayer, cuando salí del trabajo, a eso de las seis de la tarde, me dirigí al subte como todos los días. El andén abarrotado de gente, personas que, como yo, volvían a sus casas. “Línea D, Congreso de Tucumán a Catedral, con demoras por desperfecto técnico” se oye por los altavoces (siempre la misma historia). Son seis y cuarto, han pasado dos formaciones que dejé ir porque me prometí no viajar apretado. A la tercera unidad no la esquivo ya que quería llegar.
Entre paréntesis, por la mañana, como todos los días, en el noticiero que va de las seis a las diez, anunciaban que los servicios de transportes funcionaban de acuerdo a sus horarios habituales. Salvo el servicio de colectivos que durante toda la semana funcionó con un 50% menos de unidades por lo que era un caos. Viajar así es inhumano. Las vacas viajan mejor. Acto seguido, el conductor del informativo anuncia que la inflación subió, que para no ser pobre hay que ganar X cantidad de dinero, hago cuentas para ver si estoy por debajo o sobre esa línea, aunque la realidad es la realidad y el dinero no alcanza. URGENTE, noticia de último momento, grita otra de las periodistas, accidente en una esquina, el séptimo de la mañana (hay personas que aún no se han levantado y otras tantas ya han chocado).
Volviendo al andén del Subte D, llega la formación, me subo, apretado, con mi mochila por delante para que no me roben. El libro que pensaba continuar leyendo no llegué a sacarlo y dentro de ese vagón es imposible, ni el celular puedo mirar por miedo de sacarlo y tocar a la mujer que tengo delante. Por detrás un flaco que me invade, me empuja, hace fuerza. Un tarado.
Por mi mente un solo pensamiento: no hay manera que la gente de Buenos Aires, de la Capital, no este así de loca como esta. No hay otra opción, ahora los entiendo. Me dan ganas de gritar. No hay chances de que estando fuera de sus hogares por más de diez horas, viajando amuchados, apretados, asfixiados… rozándose, transpirados, mal olientes o perfumados porque antes de salir del trabajo se duchan en perfumes, estén de buen humor. No hay posibilidad que el humor sea otro. Lo mismo en los autos, pero eso es otro capítulo.
Estación Pueyrredón, abre las puertas del otro lado y un grupo de jóvenes, los escucho, premeditadamente se disponen a empujar e ingresar cueste lo que cueste. Un señor, de traje, presumo que abogado (entre nosotros nos conocemos) queda prisionero de la espalda de uno de esto. Se le nota en el rostro que lo quiere putear. Mi mochila apretada contra uno de los barrales. Trato de proteger la computadora.
Me quedan seis estaciones aún y en mi mente una sensación de insatisfacción al no poder poner un límite a quienes me invaden. Ahora, luego de la zarandeada, quedo en el pasillo. Y frente a mi una joven con ambo azul que duerme como si hiciera veinte horas no lo hiciera. Tranquila. Mientras nosotros luchamos consciente y silenciosamente para asegurarnos algo de comodidad.
Ahora sí, estaciones Plaza Italia y Palermo se suceden. Ya hay más espacio y logro ponerme de espalda a la puerta por la que descenderé. No hay chance, ahora los entiendo, de que la gente de Buenos Aires no este “loca”. En mis auriculares suena una canción que no recuerdo y que hubiera querido cambiar, pero me resigno ya llego. Rutinariamente, cuando bajo del subte los guardo para escuchar un poco de ruido de ciudad.
Estación Carranza. Llegué. Bajo a prisa, no tanto como aquellos que corren para ser los primeros en la escalera mecánica. Yo no, no utilizo esas ya que me prometí, como único ejercicio del día, no usarlas, ni a la ida ni a la vuelta. Subo tranquilo. Llego a los molinetes. Camino hacia la otra salida, saludo a la Virgen de Lujan pegada en el tablero eléctrico, paso bajo el túnel y subo. Llego a la vereda abarrotada de gente que desorientada no sabe a dónde ir, otros que caminan a prisa, te chocan. Locura porteña, rutina porteña.
Locura porteña, rutina porteña. Y yo uno más, uno más en proceso de perfección, más puteador, más egoísta, algo me enorgullece… aunque espero nunca llegar a ser uno. De todas formas, mientras camino las tres cuadras hacia mi departamento, pienso, no hay opción que, en esta ciudad, en estas condiciones, la gente pueda mantener el buen humor, la calma, la tranquilidad, a lo largo del día. No hay opción. Es desgastante, pero, lamentablemente, al mismo tiempo, muy hermoso.
