Revista Talentos

Septiembre (iii)

Publicado el 26 septiembre 2013 por Cefiro

Mi padre acaba de jubilarse. Si es que “del campo” se puede jubilar uno.

Ya avisé de que auguraba movimientos. Puntos de inflexión. Cambios. La jubilación de mi padre es uno de ellos. El primero. Mi padre ya no se levanta a las seis de la mañana para hacerse doscientos kilómetros cada día y recorrer los surcos interminables de los llanos de Antequera. No le he preguntado si es lo que quería. O si lo quería así (de esta forma) y ya (ahora) pero intuyo que la decisión ha sido suya al menos en gran parte; ya se sabe que las decisiones nunca tienen una sola madre. Yo también quiero jubilarme, papá.
Que mi padre ya no trabaje conlleva una serie de connotaciones, algunas importantes en general y otras más bien particulares. La primera y más insoportable es la pueril y grave certeza del paso del tiempo. Uno lo imagina, lo sabe, se lo cuentan, se va haciendo el cuerpo… pero no, esto es como la muerte… el tiempo y la muerte como piezas de un mismo engranaje (la vida) demoledor. Que mi padre ya no trabaje es algo que supone un cambio de escenario formal muy severo para mí ya que desde que me acuerdo mi padre ha trabajado día tras día incluso sábados y domingos sin apenas vacaciones a lo largo del año. Recuerdo un domingo cuando yo era pequeño en que mi padre no pudo acompañarnos a mi madre y a mí a no sé qué sitio, y yo, cabreado, le dije:
- ¿Es que no puedes dejar lo que tengas que hacer para mañana lunes?
Y él me contestó:
- ¿Tú comes todos los días?
- Sí.
- Pues los animales también.
El campo. Creo que fue ahí cuando aprendí lo que significaba “vivir del campo”, no el campo. Eso fue mucho más tarde. Y también cuando decidí que no era eso lo que yo quería. Hoy, veinticinco años después, pienso que no sé si tal vez estaba equivocado.

Me levanto. Me aseo. Me visto. Desayuno. Cojo el coche y voy al trabajo. Qué suerte tengo. Que tengo trabajo. Dentro de poco harán el tercer o cuarto ERE (juro que no recuerdo el número) además de un ERTE que está en proceso. El desmoronamiento está siendo controlado. Poco a poco. Como esos edificios viejos que derruyen con cargas explosivas estratégicamente colocadas… primero aquí, luego allí… todo con el menor ruido y polvo posible. Así es más limpio. Y más triste. Me siento en la silla y enciendo el ordenador. Un poco de internet: periódicos, comunio, facebook, blogs… me como unas galletas del Mercadona que tengo guardadas en un cajón mientras pululo por todos estos sitios espirituales un ratillo. Después me fumo un cigarrillo. Desde hace un tiempo me llevo los cigarrillos contados al trabajo para no fumar más (ni menos). Dos por la mañana y uno por la tarde. Así que a eso de las nueve y media me toca el primero de la mañana. Después abro el correo. Habitualmente nada o apenas nada. Prosigo con algunas investigaciones abiertas. En casi todas estoy atrancado. Años atrás solía tener chispazos de lucidez que me sacaban del hoyo en no pocas ocasiones. Hace ya tiempo que en mi cabeza no chisporrotea nada. Está atenazada. Una llamada. Dos como mucho. El otro cigarro. Y así hasta la hora de comer. ¿Comer? Sólo. Como sólo a diario. A veces, por las tardes, cuando tengo ganas y tiempo, cocino cosas que luego al día siguiente sólo tenga que calentar y así sea más cómodo. Pero hoy no hay nada preparado así que me tengo que hacer la comida. Pongo las noticias mientras. Almuerzo rápido. Me he acostumbrado a comer sólo y rápido y los fines de semana tiendo a no hablar cuando como en familia. Me dicen: ¿Ya has terminado? Qué rápido. Claro, como no hablas…
Antes de entrar a trabajar por la tarde tomo café con un amigo a medio camino de mi trabajo. Lo hacemos desde hace años. Antes éramos más pero con el paso del tiempo nos hemos quedado solos. Mi amigo y yo. Hablamos de fútbol, de libros, de música… algo sobre mujeres también. Hoy me dice que ya no podrá tomar café martes y jueves porque se ha apuntado a un curso de inglés. Pues no hay café martes y jueves. Si quitamos los viernes en que yo tampoco puedo, la cosa se reduce a lunes y miércoles. Menos da una piedra. Llego al trabajo. Me voy del trabajo. Eso.

Leo “Por si se va la luz” de Lara Moreno. De la fabulosa quinta del 78. Me gusta como escribe Lara… tiene algo de clásico en sus líneas, en sus desvencijados personajes y en su historia contemporánea. Una pareja joven lo abandona todo en la ciudad para empezar una nueva vida en un sitio rural muy muy alejado de todo lo que no supo acogerlos o todo a lo que no supieron adaptarse. Hay una frase que he leído más de diez veces:
“Todo lo que no está lloviendo vendrá en una ola de agua preparada para ahogarnos”.


SEPTIEMBRE (III)

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