Revista Literatura

Silencios

Publicado el 20 abril 2016 por José Ángel Ordiz @jaordiz

Hace años, hace ya tantos años que a veces me parece una mentira el recuerdo, un embuste completo ese ayer de mi juventud, escribí un relato sobre un minero atrapado en uno de los frentes del tajo por un derrabe de carbón. Yo, por entonces, tendía a narrar historias tristes, una querencia que puede enquistarse con el paso del tiempo, lo cual, según los sabios, no es necesariamente desaconsejable pese a que sobren lágrimas en este huevo giratorio acostumbrado a girar en el que vivimos y resulte evidente que es mucho más difícil, un verdadero reto literario, hacer reír que hacer llorar. Ese minero, del que alguien me había hablado, vivió para contarlo y repetir: "Qué negro era aquel silencio". Una frase poética con la que resumía una situación que nada tenía de poética.

SILENCIOS

En la actualidad, el viento del progreso -siempre relativo- se llevó la mayor parte del carbón asturiano y, con la hulla, la silicosis y el grisú y las ojeras de tantos hombres tiznados en relevos de mañana o tarde; se llevó el pleno empleo a cambio de sueldos de miseria y otras calamidades, pero tres castilletes me hablan todavía de mis antepasados -hoy reposan en uno de los vastos jardines sin aurora de Luis Cernuda- cada vez que voy a visitar sus nichos para que mi silencio blanco y mi presencia ahuyenten al olvido del poeta sevillano. Me hablan esos castilletes de mi abuelo paterno, chamuscada la oreja por una explosión del violento metano -asiente en mi memoria: sí, también fue muy negro el silencio que padeció durante una eternidad, no exageraba el protagonista de mi relato-, y, entre otros parientes, de mi abuelo materno, tan ingenioso que interrumpía labores ajenas en jaulas y galerías y rampas con incesantes cuentos y chistes que provocaban carcajadas múltiples, tan buenas para la salud de cuerpos y almas.

Los recuerdo medio derrotados pero alegres, y aún hoy me asombra ese buen humor, sin duda proveniente de un coraje invencible; un buen humor del que vuelvo a acordarme al ver, en este presente nuestro, a personas mohínas por doquier: unas por no tener trabajo y otras por tener que trabajar.

¿Ni media hostia existencial soportamos hoy? ¿Es eso? De ser así, ¿qué nos ha ocurrido, por qué, qué ha sido del valor de nuestros ancestros? ¿Únicamente se hereda lo malo o menos bueno? ¿Nadie me contesta? ¿Nadie? Seguiré preguntando, como aún pregunta Michael Jackson en su lamento histórico, en su Canción de la Tierra.

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