Esta semana he descubierto que tengo cuatro mil dólares perdidos por ahí. Es una de esas cosas raras que pasan: el dinero ha viajado del estado A al estado B y luego ha vuelto al estado A, y se supone que tengo que volver a mandar un formulario al estado A para que el dinero vuelva al estado B otra vez. Y esto te lo dicen al teléfono los que se están pasando el dinero entre los dos estados, como si fuera todo lo más lógico y coherente del mundo.
Hace años trabajé en NY y pagué cada quince días una pasta en concepto de pensión de jubilación, porque aunque en América sepan que vienes con un visado de intercambio y que casi seguro no te vas a quedar aquí, te hacen que metas dinero en un plan de pensiones público y luego si te vas te lo devuelven y apañado. Como yo era joven e inexperta ni se me ocurrió que al volverme a España podía reclamar ese dinero; 15 años más tarde los de la pensión de NY me encontraron en mi nuevo estado y me mandaron una carta preguntándome que qué quería que hicieran con ese dinero. Hasta aquí bien.
Para no liarla me voy a un gestor, me informo, decido que lo mejor es que me lo pasen a mi plan de pensiones de aquí porque se pagan menos impuestos, hacemos el papeleo y lo mandamos. El gestor jura y perjura que no va a haber ningún problema, me fío (¿por qué me fío?), me relajo (¿por qué me relajo?) y espero. Cuando me empiezo a mosquear porque no tengo noticias llamo a los de la pensión del estado B y les digo que si han recibido la pasta, me dicen que no, que no hay nada, pero que no me preocupe porque no va a haber ningún problema, porque pasar dinero entre planes de pensiones de diferentes estados es común.
Llamo a los del estado A y les pregunto cosas, y me dicen cosas. Mi dinero sale esa misma semana hacia el otro sitio y yo empiezo a visualizar el cacho sofá nuevo que me voy a comprar en Madrid con esa pasta. Ilusa de mí, es lo que tiene ponerse en bucle el programa de los gemelos esos del "open space", siempre los sábados a la hora de la siesta.
Llega el dinero al estado B y recibo una llamada, tenemos aquí un cheque y nos sabemos ni por qué lo tenemos ni qué tenemos que hacer con él. Oiga, pero qué me cuenta, pues póngalo en mi pensión. No señora, que eso no se puede hacer, que se puede poner en su plan de pensiones privado, no en el público. Pero si me dijeron que se podía, oiga. Pues se lo dijeron mal porque no se puede. Y a ver qué hacemos ahora con este dinero porque si han cerrado su cuenta en el estado A la vamos a liar, pero usted dígame a qué hora y qué día le informaron mal, que ya hablo yo con esa persona y le tiro de las orejas.
Llamo al estado A. Señor, por favor, ayúdeme, que mire lo que ha pasado. Pero hombre por Dios, como es posible que le hayan informado mal, que ahora tenemos un problema porque nosotros no podemos hacer nada, porque si usted nos dijo que lo mandáramos al estado B pues es lo que hemos hecho y no podemos hacer otra cosa. Si eso rellene usted un par de formularios diciendo que le han perdido el cheque y ya veremos.
Vuelvo a llamar al estado B. Oiga, que los del estado A se han enfadado un poco porque ustedes me han informado mal y que no hay nada que ellos puedan hacer. Y que llamé a tal número, tal día a tal hora, que si me informaron mal lo siento mucho, pero me lo tendrán que arreglar porque voy a empezar a montar pollo, y ya tenía yo echado el ojo a un sofá monísimo en Madrid y ahora me van a quitar la ilusión.
Verá usted, es que yo le iba a tirar un poco de las orejas al que la informó mal, pero como usted no apuntó su nombre ni su número de empleado, y llamó a una centralita, pues no hay nadie que se pueda hacer responsable del cruce de información. Bueno, sí, la responsable es usted por no apuntar todos esos datos y decírmelos, pero como soy buena buenísima voy a ver qué puedo hacer y ya la llamaré.
Respiro muy hondo, muy muy hondo y cuelgo. Decido olvidarme unos días hasta que de repente recibo una llamada inesperada del estado A: que volvemos a tener aquí su dinero. Que nos mande usted otro formulario para que le mandemos el cheque a su casa o se abra usted un plan de pensiones privado y se lo ponemos allí, lo que usted prefiera. Pues casi que me lo mandan a casa, que aunque me crujan a impuestos más vale pájaro en mano que ciento volando.
Y en esas estoy, buscando en sábado por la mañana un notario público que certifique que yo soy yo para poder mandar el dichoso formulario. Si llega la pasta me voy de compras en el momento, y lo del sofá ya veremos cómo lo arreglamos.
