Esta semana he decorado la puerta de mi clase. Esto es una cosa un poco hortera que hacemos algunos aquí; cuando a la directora le entra el pronto pone un tema y tira. Si te queda apañado lo dice por el altavoz del cole para que todo el mundo se entere, y si haces una patata o no lo haces te pone en la lista de los tontos y eso no mola.
Yo gracias a las puertas he aprendido que no es lo mismo ser afroamericano que ser afrolatino, que yo soy hispana pero igual no soy latina, y que hubo una cosa que se llamó "El Renacimiento de Harlem" que es muy interesante de saber.
Yo con esto de las razas todavía a veces me lío un poco, me da apuro molestar y hago como que sé. El otro día mi amiga Mónica me preguntó que por qué a Trump se le entendía tan bien, y yo le dije que porque era un blanco rico y me quedé tan pancha. Mi amiga luego me dijo que le molaba eso de la dimensión espacio temporal que se crea cuando se habla por teléfono a la vez, en dos sitios que están lejos, y con seis horas de diferencia en cada sitio. Para ella esto de encadenar estas dos cuestiones en la misma conversación tiene sentido, así que yo no me preocupé demasiado por la veracidad de mi respuesta. Aunque tenga lógica.
Es que yo no me quiero meter en problemas, y aquí te la juegas cada dos minutos. Esta semana hablaba con mis chicos de once años sobre España y el avispado de turno me preguntó que quiénes eran los moros, a la vez que otro decía que los moros eran malos. El primero usó la palabra moro en español y el segundo la palabra musulmán en inglés, todo hay que decirlo.
Yo pensé "mierda, a ver cómo salgo yo ahora de esta" y dije "¿qué habéis dicho? No he entendido nada de nada, no sé qué le pasa a mi inglés hoy", y mientras uno me suavizaba el contenido otros se lanzaron a hacerme preguntas sobre más cosas (todos a la vez). Conseguí que se desviara la atención.
A veces hacerse la tonta compensa, y mucho.
