Intentaba concentrarse en la lectura, pero lo cierto es que el libro era soberanamente malo. Era aburrido, lento y los personajes no le transmitían sentimiento alguno.
Levantó los ojos para ver la pantalla donde ponía el tiempo restante.
“Llegada del siguiente convoy en 3 minutos” rezaba el cartel. Se quedó pensativa porque juraría que la última vez que había echado un vistazo al letrero, ponía justamente lo mismo: “Llegada del siguiente convoy en 3 minutos”.
Descruzó las piernas e inició de nuevo el arduo ejercicio de seguir leyendo. A lo lejos se acercaban unos pasos, más bien unos tacones, que caminaban firmes y con decidida cadencia.
Siempre había envidiado a esas mujeres de paso firme que anunciaban con sus andares la seguridad en sí mismas. Llegaría a tiempo, porque todavía faltaban…y levantó la vista para ver el cartel.
“Llegada del siguiente convoy en 3 minutos”
Encima el cartel está estropeado, pensó contrariada. Cerró el libro, se levantó y empezó a caminar por el andén para hacer tiempo. Llegó frente al anuncio de la academia de inglés dónde una chica joven con una enorme sonrisa deforme prometía una vida mejor, si aprendías el idioma en ese centro.
El que había pegado la valla publicitaria no se había esmerado mucho en que coincidieran las diferentes partes del anuncio. Ladeó la cabeza para imaginar el conjunto puesto de manera correcta. En ese momento sintió el aliento caliente en su nuca y un enorme dolor en el costado. Alguien la estaba matando.
De repente, la chica del anuncio empezó a estar borrosa, sentía que la tensión le estaba bajando rápidamente. No sabía si era por el miedo ó por el sabor dulzón que tenía en la boca.
Sin duda era sangre, reconocía el sabor por las veces que se cepillaba los dientes y le sangraba las encías. Sí, era el mismo sabor, pero lo extraño es que, a pesar de sentir que las piernas se le doblaban, ella no caía al suelo. Una fuerza extraña la mantenía, sin necesidad de tener los pies en el suelo.
La chica del anuncio empezó a cambiar la sonrisa por una expresión de terror, sus ojos desalineados se abrían enormemente y su boca descuadrada pronunció un lento pero claro “CUI-DA-DO”.
Hizo un enorme esfuerzo en girar la cabeza para ver si era capaz de atisbar qué demonios estaba ocurriendo. Sentía un agudo dolor en el cuello y notaba que la respiración se había vuelto difícil, corta y difícil.
Entonces lo vio, intentó esbozar una sonrisa, pero era demasiado esfuerzo. Bastante tenía con poner todo su empeño en respirar. Se iba a desmayar sin poder hacer nada para evitar morir de tan estúpida manera.
Sintió que una enorme fuerza la empujaba a las profundidades del foso del metro y notó como su cabeza crujía contra una traviesa que servía de unión a los rieles de la vía, mientras escuchaba el ruido ensordecedor de la bocina del convoy.
Siempre había sospechado de ese chico que todas las mañanas le sonreía en el andén. Era demasiado atractivo y demasiado bien vestido para ir en metro.