Revista Talentos

Terror

Publicado el 25 mayo 2017 por Ana Ana Vázquez @AnaVazquez39
Al principio era como mi guardaespaldas. Espantaba a todo el que se me acercaba, era un borde con todo bicho viviente y se moría de celos porque todos los hombres, todos sin excepción, querían acostarse conmigo, que por algo sería, que es que hija, vas enseñando el culo y las tetas y si te vistes como una puta no te extrañes que te traten como una puta.Y dejé de ponerme tacones, minifaldas y escotazos.Pero no por miedo. Jorge me decía esas cosa porque me quería, me quería tanto que su instinto de protección le hacía hablar así. Era amor. Se ponía celoso porque me quería.Me lo repetía una y otra vez, en la cama, mientras dormíamos espalda contra espalda, sin haber hecho el amor durante semanas. Y me lo llegué a creer, igual que mi madre creyó a pies juntillas que no valía nada, que nadie la quería y que no era más que un cero a la izquierda a la sombra de mi padre.
Una noche que vino conmigo al “Strawberry” nos encontramos con Maribel. Casi no nos veíamos ya. Ella había estudiado Bellas Artes, había aprobado una oposición y vivía en Barcelona, la ciudad que adoraba. Nos alegramos tanto de vernos que no dejamos de hablar, beber y reír, hasta que –a la tantas– me di cuenta de que Jorge se había ido sin despedirse. Y entré en pánico.Llegué a casa y mientras abría la puerta intentando no hacer ruido, reparé en que en los últimos tiempos, cada vez que metía el llavín en la cerradura me palpitaba el corazón porque no sabía si Jorge iba estar de buen humor o enfadado porque yo había hecho algo mal. No teníamos broncas, algo que hubiese preferido, por lo menos sabría a qué atenerme, porque su manera de “castigarme” era el silencio. Se tiraba días sin dirigirme la palabra y me desesperaba tanto, que al final le acababa pidiendo perdón por algo que no era consciente de haber hecho o por lo que él creía que yo había pensado o sugerido. El caso es que desde que vivíamos juntos yo estaba cambiando, vivía con miedo a molestarle y comencé a pedir permiso para todo, en mi propia casa.Me metí en la cama de puntillas, sin hacer ruido, sin haberme lavado los dientes ni desmaquillarme, temblando por si se despertaba y la posible bronca. Pero él estaba dormido y respiraba tranquilo.
El viernes me levanté con dolor de cabeza y el cuerpo abotargado. Jorge había hecho café y me preparó unas tostadas. Parecía que no pasaba nada, pero yo sabía que antes o después me iba a echar en cara que no le hiciese caso la noche anterior y me tirase horas hablando con mi amiga, una tía que –estaba segura– le caía fatal porque Maribel era el tipo de mujer que Jorge odiaba, guapa, lista, desenvuelta y feliz.

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