Treinta años tras la muerte de su padrastro. De aquel infierno, recordaba instantes felices en los que el sol caía. Noches tranquilas, sin las manos de aquel indeseable sobre su piel.
Se asomó por la ventana y los primeros rayos saludaron a sus cincuenta primaveras. Nunca le emocionaron los amaneceres.
Treinta años tras la muerte de su padrastro. De aquel infierno, recordaba instantes felices en los que el sol caía. Noches tranquilas, sin las manos de aquel indeseable sobre su piel.
Treinta años tras la muerte de su padrastro. De aquel infierno, recordaba instantes felices en los que el sol caía. Noches tranquilas, sin las manos de aquel indeseable sobre su piel.