La rutina se estira y ondula sin posibilidad de solución, oscura como el tabernero de un pueblo, inerte hasta la fosa, disimuladamente de seda mientras envuelve y ahoga. La rutina tiene las hojas amarillentas de mi agenda, siempre llena de cosas y tareas urgentes que eran para ayer o antes, y el color rojizo de la cinta de mi punto de lectura, que siempre espera silencioso para avanzar un poco más. La rutina, al fin, es la vertical de las rejas de la celda diaria y el toldo que, extendido, oscurece mi salón sin tener que ser usado.
Salir de la rutina es, por eso, un acto de valentía con la cara del manolo que un día como hoy, hace doscientos tres años, plantaba cara al ejército imperial en Madrid. Escapar de ella es voltearla, hablar con el de al lado por detrás de su espalda y agarrarse a una esquina, aunque sean los lados de la caja de bombones que hoy Niña Pequeña y Él me trajeron, para quitar el sabor agridulce de un viaje no hecho.
