Hay cosas que yo no sé. Muchas cosas que no sé y estoy seguro de eso. No caeré en la trillada frase socrática de “solo se que no se nada”… ahora bien, de algo estoy seguro y es que de técnica de salto en alto si se. No porque haya estudiado, no porque me lo haya propuesto, sino porque tuve un gran maestro, un excelente profesor. “El viejo”. Una persona extraña como debe serlo, un hombre sabio. Un entrenador que no salto nunca pero que conocía esta disciplina como nadie. Al mismo nivel que los entrenadores rusos o cubanos. O mejor aún.
Afirmo que de técnica se porque fue gracias a ella que obtuve mis logros, no fue por fuerza, no fue por velocidad, fue por ser técnicamente bueno; y para ello debía conocer de técnica, debía asimilar lo que aquel anciano de baja estatura me enseñaba en cada práctica. Hace no mucho, unos dos años y después de un lapso de casi veinte, volví a saltar, ya “viejo” y otra vez sin fuerza, sin velocidad, sin resistencia a base de técnica. Lo único que mi cuerpo verdaderamente recuerda de aquellos gloriosos años es la técnica.
Recuerdo el día que volví a pisar la pista, junto a unos jovencitos llenos de esperanza, con mis viejas calzas azules, mis dispares zapatos de salto (que tuve que encintar porque se reventaron con el primer pique. Una vez tomada la carrera y dos saltos de prueba, lo máximo que me permitió el físico, comenzó el torneo. Lejos de mi histórica marca inicial de 1,80/1,85, comencé en 1.50, me moría de vergüenza internamente y le pedía al viejo que desde el cielo me ayudara a disfrutar el momento. Me sucedió lo mas hermoso que me pudo haber pasado. El juez de campo me dice “¿escúchame de donde sos vos? Yo te conozco, ¿vos no sos el que saltaba allá por el 2005?” ¡SI! Respondí. ¿me recuerda?… como no hacerlo -respondió- es que esa técnica no se olvida, mira como saltan estos chicos y mira como saltas vos… son dos cosas totalmente distintas. Que alegría verte nuevamente en las pistas. Que alegría que estoy chicos puedan ver saltar a alguien correctamente. Ojala los entrenadores que están tras las barandas puedan ver y aprender porque ya no quedan esos viejos maestros como el tuyo.
Obviamente, no gané el torneo, quede tercero y muy por debajo del primero, pero saber que lo que estaba haciendo era fiel a lo que había hecho tanto tiempo fue la mayor alegría que tuve en años. Hoy veo a jóvenes con un potencial bárbaro pero con entrenadores mediocres y egoístas y me da pena por ellos porque podrían volar y solo están saltando bajito. Hay entrenadores que reconocen sus limites y acompañan a su atleta en busca de alguien que pueda ayudarlos a mejorar, piensan en el alumno, y no en los réditos y “fama” que ellos pueden obtener por los logros de eso jóvenes que, lamentablemente y sin saberlo, quedaran por debajo de sus posibilidades por culpa de pseudoespecialistas.
Los grandes entrenadores no son los que acumulan medallas, sino los que forman atletas capaces de llegar más lejos que ellos mismos. “El Viejo” era uno de esos. Nunca necesitó saltar dos metros para enseñar a otros a hacerlo. Su legado no fueron las marcas, sino la técnica, y esa, como comprobé veinte años después, el cuerpo jamás la olvida.