Revista Literatura

Una persona obsesionada.

Publicado el 20 noviembre 2013 por Marga @MdCala


No era él. No era ella. Sólo se trataba de una persona obsesionada.
Ni un maldito segundo de reloj conseguía alejar aquella imagen del pensamiento. Con lo sensata y cabal que había nacido y ahora, por culpa de posibles malas artes,  se veía abocada a su propia destrucción. Lo había intentado todo para despejarse: caminar, dormir, trabajar horas extra, las pastillas, el cine, la lectura, la cocina, las reuniones de amigos, el baile, el sexo, la meditación… Ya sólo le quedaba probar la magia negra, pero de esa ayuda desconfiaba abiertamente, pues la creía culpable de su estado actual. Y es que la depresión cada vez le sonreía con mayor confianza…
Obsesión
Aguardaba con impaciencia el minuto de su estampa aparecida  para recrearse con ella, angustiarse aún más y terminar con los ojos nublados y amargados. Así se las gastaba la Obsesión, esa mujer mala que ni descansar le permitía, pues cuando conseguía conciliar el sueño, acunada por el alcohol, seguía observando entre quimeras su imagen, condenada y venerada a un tiempo…
No tardó mucho en preferir guardar cama y silencio, antes de continuar alimentando una fijación enfermiza, y así su familia -preocupada- la derivó a la psiquiatría, las drogas y las curas que creían oportunas para su mal, ajena a la auténtica esencia del problema. La persona obsesionada (no era él, no era ella) abordó su tratamiento sin mediar palabra u objeción, dando por buenos los consejos de quienes sí le demostraban amor y entrega. Ellos sabrían qué hacer. Ellos la sanarían.
Unos meses después, con la sedación como aliada y el sueño como visitante nocturno, decidió que ya estaba lo suficientemente restablecida como para retomar su vida. Baja laboral, aislamiento, devoción y cuidados habían hecho su labor, y la persona enferma se sentía con fuerzas renovadas para seguir adelante. La primera idea que acudió a su mente fue dar un paseo en coche…
Arrancó el motor, conectó la radio,  y la Obsesión quiso saludarla en forma de canción dedicada, para luego reproducirse compulsiva y vertiginosamente en anuncios, jardines, vallas, rostros, tiendas, calles, olores y colores. Y entonces -sólo entonces- supo lo que tenía que hacer.
Escribir.


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