Revista Literatura

Una vela a San Antonio

Publicado el 11 enero 2014 por Netomancia @netomancia
La mujer dejó la bicicleta a un costado de la puerta. Se persignó bajo el umbral y con paso temeroso, ingresó a la capilla.
Intuyó que el sacerdote era la persona que oraba el rosario de rodillas, en el primer asiento de la única hilera de bancos de la que hacía gala aquel lugar.
- ¿Padre Juan? - preguntó con un hilo de voz.
El hombre levantó la vista y sonrió al verla. No le importaba interrumpir su oración. Siempre predicaba que más importante que hablarle a Dios, era escuchar a la gente, para poder tener que contarle después al creador de las cosas.
- ¿Qué la trae por aquí, Irma? ¿Su familia está bien?
- De eso quería hablarle Padre Juan. He perdido a mi hijo.
- ¿Cómo que lo ha perdido, mija?
- Si, estoy desesperada. Créame que fue sin intención. No acostumbro perder hijos por ahí.
- Es el único que tiene... ¿o ya ha perdido algún otro antes y no me he enterado?
- Es el primero, se lo juro.
- No jure en vano, Irma.
- Se lo recontra juro Padre. He perdido un hermano, dos novios y cinco perros, pero hijos es el primero.
- ¿Y dónde lo ha perdido?
- ¡Pero Padre...! Si lo supiera no estaría aquí.
- Me refiero, en qué circunstancias lo extravió.
- Lo perdí. No lo... eso que dice usted.
- Es lo mismo Irma, vaya al grano. ¿Cómo?
- ¿Cómo qué?
- ¡Cómo lo perdió!
- ¡Si supiera!
- ¡Las circunstancias Irma, las circunstancias! No me haga poner nervioso.
- Si usted se pone nervioso, imagínese como estoy yo.
- Por favor Irma, si pierde tiempo al explicarme, más vamos a tardar en encontrarlo. ¿Cómo se llama?
- Irma, pero eso usted ya lo sabe.
- ¡Su hijo!
- Albracio Marcos Mariano.
- Bien, cuénteme ¿dónde vio a Albracio Marcos Mariano por última vez?
- Lo vi en su cama, antes de salir para la verdulería.
- ¿Y cuando volvió, ya no estaba?
- No.
- Puede ser que se haya ido solo a alguna parte. Quizá abrió la puerta y...
- Dejé la puerta con llave.
- Entonces no pudo haber salido.
- Si, claro que pudo.
- ¿Tenía copia de la llave?
- No, pero las ventanas estaban todas abiertas.
- Irma, si deja las ventanas abiertas, qué sentido tiene ponerle llave a la puerta.
- Si no abro las ventanas, no se ventila la casa. O se cree que la casa se ventila sola.
- Está bien, olvide eso. Dígame, Albracio era capaz de saltar por la ventana.
- Supongo, nunca se me ocurrió pedirle que lo haga.
- Digo, tiene estatura suficiente cómo para poder subirse a una ventana y salir por ella.
- Y si, mide hasta acá.
- Ah, pero entonces estamos hablando de un chico alto.
- Y si, el Albracio está por cumplir los dieciocho.
- ¡Los...! Irma, con esa edad, me imagino que su hijo ha salido y pronto volverá.
- Pero ya ha pasado un mes.
- ¡Un mes! ¿Cómo un mes? Irma, usted me va a volver loco. ¿Hace un mes que perdió a su hijo y recién ahora sale a buscarlo?
- ¿Y por qué se cree que estoy tan desesperada? No me di cuenta hasta esta mañana, que me tocaba limpiarle la habitación.
- ¿La policía sabe?
- Si supiera donde está no vendría a preguntarle a usted, padre.
- No Irma, no. Si ya está enterada que desapareció.
- ¿Yo? No le digo, desde esta mañana.
-  ¡La policía! ¡Si la policía sabe que su hijo se perdió!
- Si, claro. Vengo de la comisaria. Ellos me han dicho que le prenda una vela a un santo y de los nervios, me olvidé a cuál. Y no quiero errarle, vio. No vaya a ser que se cumpla otra cosa, cómo le pasó una vez a la Nélida, que quiso casar a la hija y terminó embarazada ella.
- A ver si nos entendemos. Usted perdió a su hijo, pero hace un mes. Se dio cuenta hoy y ya le avisó a la policía. Y ellos le recomiendan prenderle una vela.
- A un santo, si. Pero no sé a cuál.
- Es a San Antonio, pero espere, que aún no he terminado.
- Y no, falta prenderle la vela.
- No, me refiero a que aún no he terminado el pensamiento. ¿Es lo único que le dijo la policía? ¿No han iniciado una búsqueda?
- ¿Del Albracio?
- ¡Si, de quién va a ser!
- No sé. Me han dicho lo de la vela nomás.
- Pero señora Irma, está bien lo de la vela. Si uno tiene fe, las cosas se resuelven más rápido. Pero esto es grave, hace un mes que su hijo está perdido.
- ¡Es lo que le acabo de decir!
- Por eso mismo. Además de la vela, tiene que asegurarse que la policía salga a buscarlo.
- ¿Pero con lo de la vela no se resolverá la cosa?
- Irma, hace un mes que su hijo está perdido.
- ¿Y la vela tiene menos alcance?
- ¡No! ¡Me cago en Dios!
- ¡Padre!
- Jesús mío, dame paciencia.
- ¡No puedo creer lo que dijo! ¡Persígnese!
- ¡Usted me saca de quicio!
- ¡Persígnese le digo!
- No me persigno una mierda, Irma. ¿Y sabe qué? ¡Me hartó! Vaya, préndale una vela a San Antonio, rece el Padre Nuestro y que Dios la ayude.
- A eso he venido.
- Bueno, ahora que lo tiene, márchese. Cuánto antes lo haga, más posibilidades tiene de recuperar a su hijo.
- Pero eso que dijo, Padre... piénselo, no está bien.
- Váyase. Si se va ahora, le prometo que también prendo una vela de inmediato y pido por su hijo.
- ¿Lo hará? ¿En serio? Quizá con un 2 x 1 San Antonio lo encuentra más rápido.
- Segurísimo.
- Entonces me voy.
- Que Dios la acompañe.
- Alabado sea. Aleluya.
- Si, aleluya.
La mujer se alejó por el pasillo, moviendo sus anchas caderas de un lado a otro. El Padre Juan vio desaparecer su silueta al buscar la bicicleta, cuya rueda delantera asomaba con timidez por el hueco de la puerta.
Segundos después la imagen de la mujer pedaleando, cruzó el umbral. En la parte trasera, sentado, iba un muchacho bastante alto.
El padre Juan se rascó la pera, desconcertado. ¿Acaso...
Meneó la cabeza y volvió al primer banco de la hilera. Dudó entre ponerse de rodillas de inmediato o ir a encender una vela. Desechó la idea y flexionó las piernas. Quiso retomar el rosario, pero había perdido la cuenta de lo que llevaba rezado. ¿Y si prendía una vela para recordarlo? Suspiró con bronca y empezó de cero. A veces, no queda más remedio.

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