Une journée ordinaire

Publicado el 19 noviembre 2013 por Evamric2012

Te levantas alegre porque sí, y ni te preguntas el porqué. Te das un buen duchón, preparas las tostadas con lo que queda de restos de mermelada, y abres la ventana del balcón y te sientas un ratito para tomarle el pulso a la temperatura. Cae un aguanieve que dejas recorrer por la cara, así plantándole cara, y con la nariz respingona y el entrecejo haciéndole una mueca.No nieva, y te preparas con las botas altas y sales al ascensor que como siempre suele estar en el 10º. Mientras,  compruebas la agenda, si llevas el paraguas, te pones la boina en su sitio, te acomodas la bufanda… y los guantes!!!  Ya sabías que se te olvidaba algo. Pero va a ser un buen día. El ascensor llega tarde,  casi un cuarto de hora, sales sin guantes, pero todo va ok.Te diriges al metro, y enfrentas a la fauna otoñal. Mientras estás esperando en el andén, buscas las gafas… en el escote, encima de la boina… en el bolso… ¡Ay en el bolso!... en la cartera, y no, no están. Das marcha atrás y las vas buscando, vuelves a retroceder con cuidado y no, no están.  Y vas a llegar tarde. Y piensas, me dan igual las gafas, te bastarán las de lejos, las de repuesto que siempre llevas en caso de, porque te conoces bien.Entras en el vagón, te sientas a duras penas, y empiezas a notar un tufillo, (y eso que la mujer que tienes al lado, una cuarentona, de lo más chic, no te parece sospechosa), pero el tufillo sigue ahí… y cada vez es más insoportable. No entiendes cómo la gente se puede perfumar tanto, no sabes,  a veces hasta prefieres a los que sólo se lavan con jabón y ya. La miras, te mira, la vuelves a mirar, y haces un mohín con la nariz. Te mira por encima del hombro, y te pones la bufanda entre los ojos y el escote, a ver si así entiende. Pero no, no entiende. Y cada vez el tufillo es más intenso e insoportablemente embriagador. Esperas e ideas una estrategia para cambiar de lugar en la próxima estación de cambio, en la que suelen bajarse casi todos y no es la tuya.Bajan, cambias de lugar y te dices Yesss!!! Que lo lograste. Sacas el libro de nuevo, en este momento sigues con Ron Rush, una vez te gusta el libro de un autor, acabas con toda su serie, y Rush es  un caramelito en el que perderse ante tanto pesticida. Y vas entrando a través de la lectura en universos paralelos, y de pronto te das cuenta de que tienes una mano en la solapa, la otra en la cubierta del libro, y que la mano que tienes entre las piernas no es la tuya, no. Cuentas, una en la solapa del libro, otra en la cubierta… y ¿ésta de quién es? Bueno, no pasa nada, te has levantado alegre, y tienes un buen día… ¿ y las gafas? Le tomas la mano al caballero y la vuelves a depositar entre sus piernas. Ya está. Retomas la lectura. Al cabo de tres páginas, esa mano intrusa reaparece entre las tuyas. ¡Jo! , respiras, miras al caballero, que no parece estar por la labor de sentirse concernido y repites la misma operación. Miras a tus viajeros cómplices frente a ti. Pero una está mirando al este y el otro hacia el oeste. Por suerte sólo te quedan tres estaciones. Pero la mano ha regresado a tus piernas. Ha de ser un buen día, por lo cual, piensas, cabrón, si tuviese un mal día te iba a cortar los huevos. Esta vez, ya no le depositas la mano cuidadosamente, sino que lo miras de manera te voy a matar y le pones la mano en su lugar de mala manera, y encima esta vez te devuelve la mirada y te sonríe.Bajas, sales del metro, llegas al anfiteatro y los estudiantes, te sueltan un ¿Se ha puesto tan guapa para nosotros? Sigues pensando, tengo un buen día… Y les contestas, ¡pues claro!, ¿para quién si no? Acabas el laburo y sales disparada a una reunión (por eso te disfrazaste así, de protocolo) pero ya llegas más que défraîchie (deslucida) y ahí, va y la coleguilla que tan bien te cae te pregunta ¿Qué mona vas hoy, oye dónde te compraste esos anillos? Y tú sigues con lo tuyo, que va a ser un buen día, y respiras hondo. Y le contestas que no sabes, ni te acuerdas y es verdad. Y ella, Ahhh, Ufff, Ohhh, es que no me quieres dar la dire, eh? Y ahí, respiras más hondo, vas a buscarte el limoncelloy te lo bebes de golpe y te buscas otro con un tentempié, y aparece el nuevo coleguilla… ¡¡¡Dichosos los ojos!!! Llegas tarde, ¿lo sabes? Y sigues respirando, va a ser un buen día. El coleguilla sigue ahí plantado con un abrigo horterísimo que parece sacado de la guerra del 14-18. Y piensas que por favor no te pregunte si le queda bien… Pero va y te lo pregunta. ¡Ay! Vas a buscarte otro limoncello y te haces la loca. Y la coleguilla que le está diciendo que le queda de maravilla, que parece un dandy, un héroe del Romanticismo. Te bebes el limoncello de golpe. Y cuando estás a punto de ir a buscarte otro, el coleguilla te sonríe, y te dice, venga dime si te gusto así… Y le contestas un cúmulo de cositas que no debías. No sé, le dices, ¿te lo ha regalado tu suegra? Y luego vas a la reunión, se acaba, regresas a casa, y sin saber por qué vuelves al metro. Las gafas. Y vas a la taquilla y preguntas si por casualidad las han encontrado. Y ahí están. Y entonces esperas 1h a que te las devuelvan porque el aparato informático no funciona, la impresora tampoco, pero no te las puedes llevar sin que te den un papel y un recibo. Respiras, es un buen día, todo va bien, estás contenta y quien encontró las gafas, el jefe del tramo de tu línea aparece, y te pregunta si quieres tomarte un café en La Liberté mientras arreglan el papeleo. Y le dices que estás limoncellada, y al final eres tú quien le invita a un Perroquet, y cuando ya acaban los tragos, te buscas una excusa para decirle que mañana pasarás a buscar las gafas y a firmar el formulario. Y te contesta que ahí estará. Un día más.