Me he preguntado un centenar de veces qué es lo que inspira exactamente a un escritor, ¿de dónde obtienen tan extensas y robustas historias? Si no puede ser sino de sus mismas experiencias de vida, me lo he preguntado tantas veces que ya perdí la cuenta. Y no es que yo quiera robar un pedacito de su inspiración, en lo absoluto, yo no soy buena en eso, escribiendo básicamente, porque no tengo algo que decir, porque aun no he encontrado mi fuente de inspiración.
Cuando vuelvo al lugar del que quiero hablarles, me es un poco difícil dar detalles de donde queda exactamente, no recuerdo el nombre de los pasajes, porque técnicamente no había avenida alguna. El edificio era de ladrillo otoñal, no sé por qué otoñal, pero si ladrillo del siglo XVIII. Una especie de catedral en donde el clima y la humedad habían hecho lo suyo con una suerte de revestimiento de humedad en la fachada de tan imponente y majestuoso lugar. La entrada estaba dispuesta por una escalinata amplia, que cuando la vi yo iba saliendo por la entrada y me parecía ser una feminista Mary Wollstonecraft, bajando del lugar agarrando mi vestido de la época, dejando ver mis pies descalzos y mis tobillos blancos, como los que me parecían que eran de ella.
- Ándate conmigo, decía él, sin desviar un solo momento su vista.
- ¿por qué se supone que debería irme contigo?
- Porque juntos estaremos a salvo, no te pasará nada.
En frente de la catedral estaba la postal más típica de los litorales, resonante y obnubílame que escondía las historias más tétricas al caer la niebla y las más románticas con el cantar de los pájaros, pero esta postal era diferente en todas sus formas.
Una mezcla del monstruo del lago Nees, con plantas carnívoras surtidas de desigual belleza componían la imagen más desquiciada y enferma de una víbora marina que afligía a los aldeanos, entre ellos incluida yo la que se creía una feminista del siglo XVIII.
La víbora era un cuerpo frio y de temer que vivía en las profundidades del litoral, que amenazaba con tragarse a quien se acercase a sus aguas, pero por sobre todo, sentía una absurda fascinación por el sabor a uva, el sabor de una jugosa y carnal uva. La escena era irreal y todos los sabíamos, el monstruo aquel se presentaba como una extraña raza de Guzmania, o Ave del paraíso o Flor de la pasión.