Un fin de semana puede dar tanto de sí como unas vacaciones. Lo sé porque me ha ocurrido. Éste que acabó ayer es un ejemplo. Volver (siempre volver) a Punta Umbría, donde viven algunos de mis grandes amigos y hacer que las horas se conviertan en vivencias preciosas.
La compañía ayuda. Y la sonrisa de Cecilia tomando para sí el reino de la playa, también. Aunque, la verdad, es que vigilar de cerca sus aventuras cansa físicamente mucho más que dos horas de gimnasio.