Pero yo he visto en Granada otras cosas que ella, puede que por edad, todavía no valora. Yo he visto en Granada, por ejemplo, salas de cine, de las de toda la vida, con una sola película en cartel. De eso ya no hay en Huelva. Que se lo digan, si no, a mi amiga Ana Sánchez que me confesó la semana pasada, sin sonrojarse, que ella ya no va al cine desde que, para hacerlo, tiene que pisar, sin más remedio, un centro comercial. Ana, que es de mi generación, sí que ha conocido esa forma, diferente y cálida, de disfrutar de una película siendole fiel a una sala de cine.
Granada tiene muchas cosas para engacharse, aunque ella no lo valore todavía. Vericuetos por los que dejar volar la imaginación y sentirte a gusto. Un plato, una copa y un bar con las paredes llenas de fotografías de artistas flamencos. Un paseo, junto al río, a los pies de La Alhambra donde las parejas se dicen te quiero al oído. Un grupo de alumnos, camino de alguna parte, con el culo y la vista cansadas de pasar las horas en la Facultad de Filosofía y Letras, por ejemplo.
Huelva tiene las suyas, pero son otras, diferentes, casi como la otra cara de una misma moneda emocional por la que perderte y dejar allí la imaginación a barbecho.