Revista Talentos

Viaje a la india

Publicado el 03 agosto 2015 por Gogol
  • By gogol
  • In Tomado de la red
  • Posted On 2 agosto, 2015
  • Tags Cuentos,Historias cortas

Los ventiladores eléctricos funcionaban continuamente a toda velocidad. El aire entraba silbando en los camarotes por unas aberturas del blanco techo. En vano yo sacaba la cabeza fuera del ojo de buey respirando el aire caliente de la noche. No encontraba ningún alivio. Un poco debajo de mí rugían las aguas puestas en movimiento por la quilla del navío. La luz de las lámparas brillaba como llamas a través de las ventanas de los camarotes, arrojando sobre las revueltas aguas un brillo blanquecino. A distancia el mar era negro hasta el horizonte de la noche, donde negras nubes se reunían en el norte.
Subí los vibradores escalones hasta el puente del capitán, y allí me eché en un asiento. El cielo de la noche con sus incontables estrellas estaba ante mí. La Vía Láctea, donde su amplio arco casi se echa sobre la superficie del agua, tenía un aspecto poco familiar. Allí permanecí casi toda la noche sobre la desértica cubierta, mientras el barco surcaba el mar a través del océano Indico, oyendo el ruido de las olas y mirando hacia arriba cómo se movía lentamente el cielo estrellado. Una vez más traté de recordar los confusos acontecimientos de los últimos días en mi domicilio de Viena.
Recordé aquella noche en que las multitudes corrían atropelladamente por los puentes del Danubio y cómo levantaban sus crispados puños amenazantes hacia los negros muros de las casas, gritando todos:
¡Muerte al Judas! ¡Muerte al Judas! Yo permanecía allí entre mi esposa y mi madre, en una de las obscuras ventanas, mirando ansiosamente la multitud que gritaba. Nuestro hijo, el pobre pequeñuelo, afortunadamente ya se había dormido.
En el centro de la habitación yacían mis maletas preparadas. Mi corazón estaba oprimido: en un momento tan inseguro tenía que dejar a mi esposa, a mi hijo y a mi madre. Y sin embargo, una voz dentro demí parecía ordenarme: “¡Ve! ¡Ve! ¡Debes ir a la India! ¡Debes ir!”
Y ahora el océano Indico rugía en la proa del barco, abriéndose camino a través de las blancas y espumosas olas hacia Oriente.
Permanecí allí mucho tiempo en el puente del capitán, respirando la cálida brisa y mirando las estrellas. Otra vez apareció ante mi destino, la montaña de la revelación divina, Kailas, y en su base, el claro lago Manasarovar, el lago del espíritu divino. Allí, dice la leyenda, atma, la eterna alma humana, se mece sobre las límpidas olas como un cisne, libre de temor, odio o deseo.

Walter Eidlitz
(India misteriosa)

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