Revista Diario

No le llamen normalidad a la estupidez

Publicado el 09 julio 2020 por Decorarmonia Priscilla Locke @decorarmonia

Regreso a escribir luego de muchos meses. Cuando declararon la pandemia y el miedo empezó a cundir entre todos, confieso que yo también temí. Pensé en la muerte. Todo apuntaba a que los días finales habían llegado. Una amenaza invisible, desconocida que mataría a muchísimos en cuestión de semanas. Empezaron a enfatizar en las vulnerabilidades. La condición asmática, una gran vulnerabilidad, razón suficiente para olvidar la vida en el mundo exterior que repentinamente se había convertido en un gran riesgo. Las otras personas también se constituyeron en amenazas, cualquiera podría ser portador del bicho, no importa lo saludable que se vea, es posible que esa misma persona muera en menos de quince días. Así empezó la estupidez.

Nos encerraron en una cuarentena que acepté con terror a mediados de marzo. La gente en Guayaquil no es muy respetuosa que se diga con sus desechos. ¿Si no son capaces de retirar sus platos sucios en la mesa de un patio de comidas, las personas respetarían el uso de mascarillas y su desecho responsable? Con cientos de mascarillas usadas, potencialmente contaminadas con el bicho, y lo apretado que se vive en ciertas zonas de la ciudad, seria cuestión de semanas para que la población sea diezmada. Ya lo dijeron en la prensa, la Organización Mundial de la Salud, el mismísimo Bill Gates, este es un bicho muy muy contagioso. Se van a morir todos.

Nos quitaron parques, restaurantes, los negocios “no esenciales” que se vayan al diablo.. lo hacemos por tu salud. El pánico generado por muertos en las casas, funerarias que no daban abasto, hospitales llenos donde nos recomendaban “no vayas a menos que tengas que ir”, entre muchas otras recomendaciones estúpidas.

No le llamen normalidad a la estupidez

Mantengan sus distancias, no se reúnan, aunque tengan que ir a un supermercado abarrotado, con un spray de alcohol estamos salvando sus vidas. No se acerquen unos a otros, teman, sospechen de cualquiera, podría llevar el bicho e infectar a la abuela. O a los bebés, aunque no se reporten riesgos letales en la salud de los jóvenes, por si acaso cerremos las escuelas, los colegios, las universidades, para proteger a los jóvenes y que no se mueran los abuelos.

Así pretendieron que convirtamos nuestras casas en burbujas estériles que no reciban visitas, que paranóicamente desinfectemos todo lo que ingresa. Que nos despojemos de nuestro estilo de vida y usemos ropas anti fluidos. Si es posible, una mascara de vinyl alrededor de la cara, no hay escudo suficiente que nos pueda defender del bicho.

A nadie se le ocurrió hablar de como levantar el sistema inmunológico, con el cual la naturaleza nos dotó de la defensa para que subsista la vida. A nadie se le ocurrió que en lugar de encerrarnos, deberíamos salir a hacer más deporte. A alimentarnos de forma mas natural. A dejar los azucares, la comida altamente procesada, llena de calorias vacias que nos vuelven vulnerables a los bichos. No señor, a nadie se le ocurrió hablar de eso. La genial idea fue imponer el uso de una mascarilla. Que respiremos nuestro propio dióxido de carbono. Esa fue la solución en la era de la estupidez.

Poco a poco fueron menguando los muertos. A pesar de la cercanía de los barrios donde se veían cadáveres fuera de las casas, el hedor a mortecina no tocó nuestras puertas. Pasaron mas de 70 dias, los mismos 70 dias que ciertos estudios decian que tomaban a las epidemias el desvanecerse espontáneamente. Sin embargo, la cuerentena se extiende indefinidamente. Y la población sumisa y aterrada, acepta la estupidez y le llama “nueva normalidad”.

Con los niños en casa absurdamente despojados de las actividades que hacen a un niño saludable: ir al parque, socializar con niños de su edad, las madres de pronto se vieron con doble, triple, cuádruple trabajo… Cada niño que “estudia online” carga a su madre de trabajo extra. ¿Y las casas que no tienen internet? ¿O quienes no tienen más de una computadora? ¿y si la mamá debe “tele trabajar”a la misma hora que sus dos hijos reciben “clases online”? Me sorprende que aceptemos todo esto de forma tan sumisa. ¡Me parece muy estúpido que lo sigamos aceptando!

Estamos criando una generación asustadiza, niños sobre protegidos, que no desarrollan sus propias defensas en un ambiente estéril y libre de virus. Nuestros hijos asustadizos están creciendo con la idea de que son vulnerables. Que las otras personas son portadoras de la muerte. Que allá afuera esta todo infectado. Que no es seguro salir. ¿Por que no reflexionar en el mensaje que estamos dando a nuestros niños?

¿Y si desinfectarnos a cada momento en realidad esta acabando con el manto natural que protege nuestra piel? ¿Y si guardarnos en casa nos vuelve fragiles? Como Windows milenial, asi de mal estamos. Esperando un antivirus en lugar de desechar de tajo el sistema podrido que nos están presentando.

También nos quitaron el derecho a ejercer nuestra espiritualidad de la forma que lo hemos hecho siempre. Ya no hay cantos en las iglesias ni en los temazcales. “¡Que no se pueden reunir caramba! ¡El bicho! ¡Vamos a morir!” ¿En serio? ¡Me indigna que no hayan marchas pidiendo que se reabran los cultos! ¿Es que nadie extraña el cantar de las campanas de los templos?

…y si en vez de alimentar el terror a un enemigo invisible que quizás ya se ha desvanecido, nos ponemos a investigar sobre otros lugares donde se han aplicado políticas menos orwelianas? Escuchar los testimonios de enfermeras y doctores que se atreven a hablar con cifras reales. Tener lectura comprensiva al leer la frase “aparecen nuevos casos” para dilucidar que nuevos casos no es sinónimo de mas muertos, solo mas gente contagiada creando anticuerpos para si.

Y si dejamos de creer en la historia del vecino de mi amigo que le contó que su hermana es conocida de una señora que escuchó en la radio que cierta persona murió de corona virus. “Era deportista”… es la frase usada para meter el miedo de que las personas saludables están tan expuestas como las que tienen condiciones preexistentes inducidas por malos hábitos alimenticios. “Murió otra persona de coronavirus” pero no mencionan que era un anciano de 89 años que ademas tenia ya problemas de corazón. “Pero también murió una chica de 24 años”. Asi las conversaciones se llenan de evidencia anecdótica que apoye la teoría de la paraonia. Basado en lo que dijo el vecino de mi amigo que le contó a su hermana que conoce a una enfermera que…

¿Y si en lugar de temer a algo que evidentemente ha perdido la letalidad que tuvo en sus comienzos, tememos la horrenda depresión económica que los países de tercer mundo vamos a padecer quizá por años porque los pueblos se sometieron a una cuarentena estupidamente larga?

Yo prefiero enfermarme para luego recuperarme y salir fortalecida. Y que sea mi propio cuerpo el que me haga tragar estas palabras si es que muero de corona, mas yo confío en mi sistema inmunológico por eso corro el riesgo de vivir libre. Si tengo que morir, moriré libre. Prefiero eso a una vida dentro de un refugio de concreto con olor a cloro, donde estaré mas segura… y también mas miserable al extrañar tanto el sonido de la tierra debajo de mis pies, el aroma de las plantas, el abrazo de los árboles, el masaje de las olas del mar, la brisa del bosque, la vida allá afuera.

Me niego a quedarme en casa, me escapo cada vez que puedo a respirar oxigeno bajo la copa de un frondoso ceibo. No le temo a las superficies, ni a los extraños. No me taparé la boca, no seguiré callando lo que me parece absurdo. Prefiero adquirir el virus, a aceptar el autoritarismo de la estupidez.

No le llamen normalidad a la estupidez

Desinfecta tu casa

© 2020, Pitonizza Punto Com. Licencia de uso: Atribución-SinDerivadas CC BY-ND

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