Hacía tiempo que no me quedaba hasta tarde, madrugada, haciendo algo. Por la ventana la noche y las luces de los departamentos “salteados” en los edificios que puedo ver a través de aquella. En mi casa todos duermen menos yo.
Como en los viejos tiempos de estudio, donde, con varias tazas de café, preparaba los exámenes del otro día… sin dormir iba agotado física y mentalmente. Esta noche me recodó aquellas noches de insomnio inducido. De resúmenes mal logrados a los que, como salvavidas de ultima hora, me aferraba para no ahogarme.
El pucho obligado cada cincuenta minutos intentaba evitar que mis ojos se nublaran y quedara realmente oscura la noche. Marcadores, resaltadores y lapiceras rallaban sin sentido un texto que intentaba deglutir sin masticar.
Anoche, esos recuerdos vinieron a mi mente, me trasladaron a aquel balcón del piso ocho que fue testigo de esos irresponsables intentos de pasar la materia [que fuera]. Ahora, más bajo, el balcón del primero me vio en un heroico intento de no sucumbir al sueño.
Ayer era estudiar hoy no… hoy me tocó hacer una actividad para el jardín de mi hijo más chico, de cinco años, una manualidad en modo industrial. No contento con hacerla para él se me ocurrió que era una buena idea, como creía que estudiar solo la última noche lo fuera, hacerlo para todos sus compañeritos… dieciséis unidades.
Y ahora, en el trabajo, antes fue el pasillo de la universidad, me encuentra hecho zombi. Caminando aletargadamente, con párpados perezosos que intentan quedarse cerrados cada vez que pestañeo. El estómago revuelto del mate. Los pulmones colapsados del humo nocturno. Como en aquellos tiempos, sobre la hora, alcanzando el objetivo.
Dos cosas cambiaron de aquellas noches de profunda soledad, pero donde no me sentía solo para nada, no había tiempo. La primera cosa que recuerdo que cambió es que no hubo hoy ni música, ni radio de fondo, una cuestión menor en comparación con la segunda, en aquellos días, estresantes, era irresponsabilidad… hoy es amor caótico.
