Lo que ocurre es que de repente llega un día, uno de esos en los que parece que la vida pasa sin dejarse notar, y un golpe de aire fresco mueve las cortinas del balcón del corazón. Una nota escrita por alguien en el siglo XVIII, un pequeño trozo de papel que probablemente nadie más que esa persona y tú ha leído desde hace más de doscientos años, un trozo autógrafo de la vida de alguien, aparece entre las páginas de un libro. Os puedo asegurar que entonces la adrenalina se dispara, las manos tiemblan y aquellas letras escritas a pluma con una tinta de color oscuro que casi traspasa el papel, se graban con buril en la tablilla de nuestra memoria, en ese lugar que debe existir en el cerebro, y que destinamos a inscribir los grandes acontecimientos. "A 25 de diciembre"...voy leyendo en el trozo de papel amarillento, mientras empiezo a poner en marcha en mi imaginación, el artículo que escribiré para dar forma y contar lo que aporta al mundo eso que alguien me cuenta.Estoy convencida de que la Historia bien narrada es un maravilloso cuento de hadas. He podido comprobarlo a menudo. Muchas veces, en esas reuniones en las que comparto éxitos y celebro viajes, he notado que se hace el silencio cuando empiezo, despacito, a relatar el cuento, cuando voy desgranando la historia verdadera que sé de un barco que desapareció si dejar rastro, de una pareja que descansa abrazada en el Museo de mi pueblo, de un hombre que dejó una nota en un papel en 1767 para que yo hoy pueda leerla. Tengo que decir que entonces, como tantas otras veces, las aguas vuelven a su cauce y me reencuentro conmigo misma y con la ilusión que en realidad nunca perdí. Se me olvida la vergüenza de seguir dando tumbos laborales a esta edad y hago la cuenta matemática de todo lo que los sitios maravillosos en los que he trabajado me han aportado al espíritu. Es verdad, sé lo que estaréis pensando, todos lleváis razón en que esto de la Historia dinero no da. Pero, de verdad, no os podéis imaginar lo que ofrece en satisfacciones.
