Revista Diario
Sobre cosas raras en hoteles
Publicado el 04 diciembre 2017 por AnamarinosaÚltimamente me pasan cosas raras en los hoteles de mi realidad paralela. He estado en dos diferentes en dos fines de semana seguidos y he apuntado lo siguiente: me han regalado el desayuno porque sí, la señora de la cafetería me ha puesto a parir a su compañera de trabajo (a escasos tres metros) mientras me servía el café, he encontrado manchas amarillas en las colchas, he visto manchas de sangre en las sábanas y se han roto botes de repente. Seguro que si pienso me salen más cosas, pero con esto yo creo que ya hay suficiente como para sorprenderse.
Que te regalen el desayuno por el morro en un hotel igual no es tan raro, pero como yo soy más de Airbnb por aquello de la pasta pues desconfío a la mínima. Que las sábanas de un Hilton tengan sangre pues ya como que no me hace tanta gracia. Vale que era un Hilton de los baratos, pero leche, que era sangre sangre. Y eso da mucho asco.
Mi portorriqueña favorita y yo teníamos que ir hace unos días a uno de esos fines de semana de hacer equipo en el curro, y como las dos tenemos espíritu de marquesas venidas a menos decidimos compartir habitación en el hotel para ahorrar costes. Ella venía afónica, así que no había muchas ganas de fiesta: llegamos a la habitación, sacamos los pijamas, las zapatillas, preparamos la ropa del día siguiente, ella colocó en un mueble sus treinta y cinco botes de potingues (los conté) y yo dejé por ahí mi triste neceser de mierda. Me quedé dormida al minuto mientras pensaba que igual ya soy mayor y debería empezar a usar maquillaje por aquello de ir siempre un poco más mona. Y por aquello de tapar las patas de gallo que hace tiempo que asoman, que todo hay que decirlo.
Al rato noto que me tocan el hombro. Me despierto sobresaltada y veo a mi portorriqueña favorita afónica que señala de mala leche a su cama: hay una mancha amarilla en la colcha y una mancha de sangre en la sábana. Ella no tiene nada de voz así que todavía dormida llamo a recepción intentando parecer cabreadísima y me dicen que nos dan un descuento de veinte dólares y que nos cambian de habitación. A mí me parece que es todo muy absurdo y tengo mucho sueño, pero al rato viene un fulano del hotel a traernos la llave nueva y nos deja a las dos con las ganas de montar el pollo del siglo. No da opción porque lo único que dice en bucle es "pues sí que es sangre, sí". De ahí no le sacas, y son más de las doce de la noche.
Cogemos los treinta y cinco botes, mi neceser de mierda, los abrigos, las maletas, el ordenador y en pijama nos vamos las dos para la nueva habitación, que por supuesto está en el extremo opuesto del hotel y en otra planta. Venga ya, no me lo puedo creer. Aquí hay una peste a tabaco y a poco ventilado que te mueres, que yo aquí no duermo que huele fatal. Nueva llamada a recepción, conseguimos un nuevo cambio, nos dejan la habitación gratis, y nos vuelven a dejar con las ganas de montar el pollo. Por aquí la gente no es mucho de discutir para nada y no tienen el punto ese español de "sé que la he cagado y sé que me toca aguantar el chaparrón del cliente porque sí". Sonríen y dicen lo siento muchas veces, yo creo que es un técnica para que tú te tengas que callar y darte la vuelta.
Tercera habitación. Es tardísimo, vamos a sacar rápido el neceser de mierda, los abrigos, las maletas, el ordenador, los treinta y cinco botes y a dormir. Venga ya, pero qué pasa ahora. Que ya no hay treinta y cinco botes, que ahora son treinta y cuatro: en el trasiego se ha roto uno, justo el de la base de maquillaje marrón que lo deja todo perdido y que sale fatal. A la porra la bolsa grande blanca, el neceser negro, la bolsita de colorines y la colcha blanca en la que sin querer hemos apoyado alguna de las bolsas. No sé qué del karma, creo que lo llaman, lo que no sé es en qué dirección.
A mí me dio la risa por lo absurdo que era todo, pero mi portorriqueña favorita se acostó casi a las dos limpiando cosas y jurando en arameo.
Eso sí, yo creo que el marrón de la colcha no sale ni con lejía.
