Revista Diario

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Publicado el 26 marzo 2026 por Elcopoylarueca

VILHELM HAMMERSHØI

«Ay, que las ventanas vean
y los caminos recuerden…».
Edith Södergran

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Mujer ante un espejo, óleo sobre lienzo, 1906.

Hay dos maneras en las que el arte de los ismos expresa el drama de la modernidad: una es respetando lo figurativo y la otra es consintiendo que la abstracción aniquile la recreación que imita lo reconocible. Pero en ambas maneras de expresión la finalidad es la misma: hallar una simbología visual capaz de describir el estado de ánimo de la sociedad que surge con la Segunda Revolución Industrial (1870-1914), período donde los historiadores ubican la «primera globalización».

La obra de Vilhelm Hammershøi (1864-1916) se desarrolla en el contexto que antecede a la Gran Guerra, pero, a diferencia de otros artistas contemporáneos, el pintor danés encontró en la calma y en la soledad los aliados adecuados para su señal de alerta.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Interior con planta sobre mesa de cartas (detalle), óleo sobre lienzo, 1910-1911.

El llamado de atención que nos hace Hammershøi no se parece al de Edvard Munch con El grito o con su Desnudo femenino llorando. No tiene que ver con Otto Dix y su Tríptico de la gran ciudad, o con Max Beckmann y su Descendimiento de la Cruz, o con Georges Braque y las formas geométricas de su Parque de Carrières-Saint-Denis, o con ese escándalo del color y la pastosidad que fue el fauvismo, o con la luz descompuesta y el movimiento mecánico de Giacomo Balla y su Vórtice, por citar algunos ejemplos.

No hay en la figura de Hammershøi expresión evidente de deseo, de llanto, de rabia, de envidia, de pasión, de impotencia, de incertidumbre, de contento… No la hay porque nos suele hurtar los rasgos que definen estas sensaciones. Pero esto no quiere decir que no haya emoción, porque la emoción la provoca la evidente intención de no revelar los sentimientos de sus ensimismadas figuras. Esa intención, que no se nos escapa, es la que nos provoca inquietud. Es la que despierta lo que en nuestro interior duerme y, por tanto, es la que hace que nos cuestionemos lo que vemos.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Interior con vistas a una galería interior, óleo sobre lienzo, 1903.

El llamado de Hammershøi es introvertido. El espectador escucha el mensaje cuando está en otras cosas y la memoria le recuerda los cuadros que ha visto. Es, entonces, cuando la cárcel de oro se abre y salen, en vuelo, las impresiones que sus cuadros nos dejaron. Al menos, es lo que me sucedió cuando visité Hammershøi. El ojo que escucha, exposición que ofrece el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Los retratos, los protagonistas que habitan sus salones, las estancias sin figuras, la naturaleza rodeada por la urbanidad y la naturaleza libre de acosos humanos son los temas que Hammershøi pintó con su paleta de negros, blancos, grises, violáceos y marrones, donde la luz, natural y pálida, se impone como un personaje importante y donde la austeridad de los silenciosos entornos llama la atención. La austeridad decorativa que reina en sus lienzos resalta, por comparación, la realidad de una época que se sumió en el consumismo y que abrazó la masificación.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Desnudo femenino de pie, óleo sobre lienzo, 1909-1910.

¿Qué piensa? ¿Qué está leyendo que la tiene tan absorbida? ¿Qué espera? ¿Qué es lo que escucha esa figura que es tan parca en gestos y que evita nuestra mirada? ¿Y cuál es el significado de esas habitaciones sin gentes y donde, sin embargo, el aliento humano se siente?

En sus cuadros no hay acción, pero sí hay orden en la composición. No hay acción, pero sí elementos que se repiten: los cuartos de sus distintos hogares, los utensilios y la modelo —su esposa Ida Ilsted—. No hay acción, pero sí hay emoción en esas escenografías que, diría, parecen «narrativas congeladas». 

La obra de Hammershøi va más allá de lo evidente. Se trata de una pintura de atmósfera, de modo que lo que ocurre en ella, porque ocurren cosas, se halla en el plano del subconsciente, del autoconocimiento. El mar tormentoso que se intuye de fondo es la crítica a la bulliciosa y febril vida moderna, que lleva a la autodestrucción del individuo —en el arte también es relevante lo que no se ve—. Pienso que esta es una de las razones que hacen que su creación sea atemporal. 

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Interior con mesa, estantería de libros y silla Windsor (detalle), óleo sobre lienzo, 1913.

Hammershøi nos muestra espacios de soledad donde los personajes se encuentran en el universo creado por la conciencia del Yo, que es donde el pensamiento, las emociones y la memoria se liberan. No olvidemos que el psiquismo se consolidó como ciencia en 1879; y el arte es representación imaginada de la realidad.

Hay quienes afirman que su obra es «distante»; pero yo no la siento así, pues no hay lienzo que no haya sido bendecido por la luz del sol. Además, yo me veo leyendo como Ida, absorta como Ida cuando, con una bandeja bajo el brazo, nos da la espalda y como Ida me veo zurciendo y meditando.

Y siento, siento presencia en los espacios vacíos e inundados por los rayos del gran astro, símbolo de la bienaventuranza. Siento que por ese cuarto de música, por esa sala de estar, por ese recibidor, de puertas abiertas, pasa sin detenerse, porque el tiempo no lo permite —es en el tiempo donde la sombra, hija del destello, anida—, ¡la vida!

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Interior, mujer vista de espaldas, óleo sobre lienzo, h.1904.

Vilhelm Hammershøi encontró en la expresión artística el camino que le facilitó el encuentro consigo mismo. Esa calle de los milagros, llamada por unos «Soledad» y por otros «Introspección», bella y espinosa como un rosal a punto de alumbrar, también ha sido transitada por otros creadores como Georges de La Tour, Giorgio Morandi, Edward Hopper… Pero tenemos que saber que el camino es invisible y que sólo se llega a él cuando percibimos lo que el silencio nos cuenta.

¡Oh…, el silencio!, ave solitaria y misteriosa que nos conduce a las profundas grutas de la mente, porque es ahí donde el olvido deshiela.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

GALERÍA

FIGURAS

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Reposo, óleo sobre lienzo, 1905.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Habitación en la casa del artista en Strandgade, óleo sobre lienzo, 1902.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Mujer con frutero, óleo sobre lienzo, h.1900-1910.

PAISAJES NATURALES

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Paisaje, vista desde Lejre, óleo sobre lienzo, 1905.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

El parque Søndermarken en invierno, óleo sobre lienzo, 1895-1896.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Tirsdagsskoven, óleo sobre lienzo, 1893.
(Su primer paisaje soleado).

EXTERIORES URBANOS

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Vista de la escuela judía de Londres, óleo sobre lienzo, 1912-1913.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Tres barcos, canal de Christianshavn, óleo sobre lienzo, 1905.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

El cerezo y la torre gigante, óleo sobre lienzo, 1911.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Los edificios de la Compañía Asiática, vistos desde la calle Sankt Annae, óleo sobre lienzo, 1902.

INTERIORES SIN FIGURAS

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Interior soleado, óleo sobre lienzo, 1905.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Interior con planta sobre mesa de cartas, óleo sobre lienzo, 1910-1911.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Interior, Strandgade 30, óleo sobre lienzo, 1905-1909.

RETRATOS Y AUTORRETRATO 

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Retrato doble del artista y su mujer, óleo sobre lienzo, 1892.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Retrato doble del artista y su mujer, óleo sobre lienzo, 1898.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Retrato doble del artista y su mujer, vistos en un espejo, óleo sobre lienzo, 1911.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Tarde en la sala de estar. La madre y la mujer del artista, óleo sobre lienzo, 1891.

Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.

Autorretrato, óleo sobre lienzo, 1890.

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Y hasta aquí voy a llegar;  no sin antes recordar una observación del escritor austríaco Joseph Roth. Es una sugerencia que me acompaña siempre y que dice: «No se trata de ‘poetizar’: lo importante es lo que se observa». 

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Vilhelm Hammershøi. El ojo que escucha. Pintura.
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