Magazine

Aquella fiesta de San Valentín...

Publicado el 13 febrero 2012 por Rubydelfino
Yo no sé cómo coño lo hago, pero me meto en cada fregado del copón. Hace un año mi amiga Kimberly, que de aquella era mi compañera de trabajo -sí, ella también sufrió los embites de Puttete o SEE (Ser, Ente, Ectoplasma)- me arrastró a una fiesta de San Valentín en una conocida sala de Madrid. De aquella, yo ya estaba aficionado al ligoteo por Internet y Kimberly le estaba cogiendo el gustillo. Tantas y tantas veces me contaba lo perraca que se ponía con algunos de los chicos con los que hablaba... En fin, ese es el contexto. Ambos solteros. Ambos abiertos a nuevas experiencias. Ambos buscando rabo. Claro que sí.

Aquella fiesta de San Valentín...

Kimberly... las que me armas

Yo me dejé arrastrar por la emoción de Kimberly, que decía que algunos de los chicos con los que hablaba por Badoo -esta red social me mata, me estresa- iban a acudir. Y ella no iba a ser menos. Menuda soltera estaba hecha. Así que di por hecho que iba a ejercer de acompañante. Mi sorpresa, entonces, fue enorme cuando entré en aquella sala y no fue sólo la música lo que me rodeó, sino medio mundo mariquil madrileño. En aquel momento amé tanto a Kimberly...
La entrada había costado poquísimo. Ya luego, cuando nos acercamos a una de las barras, entendí por qué. Cold Novinity. Y te preguntarás, ¿Qué es Cold Novinity? Mira, Cold Novinity es el último grito en el panorama whiskero... Pero grito de terror. Ese cáliz te deja el estómago lleno de agujeros, que parece aquello un Aquapark. Bueno, Aquapark no, Aquamierda. Cold Novinity es súper conocido en el inframundo, de donde ha salido. Pero fíjate que gracias al ataque de risa que nos entró cuando vimos que nos servían aquella hostia licuada, conocimos a unos chicos muy majos que estaban a nuestro lado. Comenzamos a charlar sobre yo soy de aquí, él trabaja en esto, yo en esto otro, viví un tiempo en no se dónde, mi madre murió porque se marcó un Carmina en la bañera...Y así, Cold Novinity tras Cold Novinity se nos fue pasando el rato.
Bien entrada la noche, Kimberly sintió ganas de ir al baño a soltar su géiser, y yo me quedé con los chicos. Había buen rollo, pero los tiros no iban por el camino del ligoteo. Sin embargo, empezaba a pasar el tiempo y Kimberly no volvía. Me fui a buscarla al baño que, sorprendentemente, estaba vacío. Cuando digo que estaba vacío, me refiero a que sólo había dos personas, porque gran parte del espacio lo ocupaba un chico grande. Muy grande. En el sentido de gordo. Hablo de 120 kilos en un cuerpo de 1,75 metros. Este 'chubbietón' me dejó grabada en mi memoria una de las imágenes más sórdidas que recuerdo. Estaba forzando a mi amiga a enrollarse con él. Pero no era esto lo que me aterró, sino el método con el cual la retenía. Se había levantado su camiseta y su peluba barriga estaba aprisionando a Kimberly contra la pared, mientras con las manos sujetaba las muñecas de mi amiga, frotando su gigantesca tripa contra el abdomen de Kimberly de lado a lado. No exagero. ¡Era enorme! Yo decidí llamarle Barriguayt. La policía portuguesa debería explorarle, Madeleine podría estar ahí dentro.

Aquella fiesta de San Valentín...

¡Disaster!

Empecé a montar en la discoteca el mayor espectáculo de mi vida para que los de seguridad vinieran en nuestro socorro. La escena era dantesca. Yo dando voces en la puerta del baño, mientras dos seguratas corrían hacia mí y una masa cárnica se refrotaba contra Kimberly. Todo amenizado por Con Una Mano en mi Cintura, de Sonia y Selena. ¡Qué mierda era esa! Cuando Barriguayt ya había sido echado del local, Kimberly y yo, que íbamos de alcohol como Las Grecas, empezamos a reirnos de lo siniestro que había sido todo. Ya, pues mucha risa, mucha risa... Pero ahora Kimberly ha quedado traumada. Tiene una enfermedad. Se la he detectado yo, así, sin psicólogos ni nada. Sufre AGORDAFOBIA
"Puta madre. Ahora tengo una barriga enorme en mi mente y una amiga traumada", pensaba yo una hora después, mientras jugaba a pasarme el hielo con la mitad de la discoteca, abriendo mi cuerpo al fabuloso mundo de la mononucleosis. Hubo suerte, no pillé nada. Bueno sí. Me pillé a un Uruguayo que amablemente, aprovechando su deseo y que yo estaba como Lindsay Lohan en la fábrica Duff, me marcó el cullo. Aquello no era un chupetón ¡No! Era un antojo. Era más negro que mi amiga Mary Jo. Al día siguiente estuve llamando por teléfono a amigos míos, desesperado, consultándoles cómo quitar o disimular aquella mierda. Lo hice todo. El hielo, la cuchara, hasta que Cameron me recomendó el cepillo de dientes. Yo, gilipollas como soy, tengo la genial idea de frotarlo como si fueran unos dientes, en vez de poco a poco, que era como había que hacerlo. Efectivamente, lo negro se fue, pero en su lugar surgió una herida roja mucho mejor, dónde iba a parar. 
En fin, al menos el uruguayo tenía buen palote. El resultado de la puta fiesta de San Valentín fue el siguiente: un rollo nocturno para mí, cero rollos nocturnos para Kimberly -los mismos cero que acudieron de Badoo-, un trauma, la Agordafobia descubierta como nueva enfermedad (avances científicos, fijo que aparezco en Science), Cold Novinity descubierto como bebida (suave al gusto, abrasadora al ano), lesiones físicas y, sobre todo, cero novios. ¡Hemos triunfado!

Volver a la Portada de Logo Paperblog