Escuchaba una entrevista a Nelson Castro y una frase resonó en mis oídos “El escepticismo argentino” y me puse a pensar en que significa esto. Parto de la base que esa primera palabra significa “una actitud de duda o cuestionamiento frente a algo que se presenta como verdadero”. Entiendo que no implica negar todo, sino no aceptar las cosas automáticamente. El escéptico pide razones, evidencia o coherencia antes de creer.
El argentino es escéptico, como no serlo, si confiar, entregarse, en este país suele ser casi un suicidio. Va, pienso, también es cierto que lo mismo que nos hace ser escépticos nos ha dado una capacidad de adaptación pocas veces vista y muy halagada por el mundo. Pero volviendo al tema, crisis económicas cíclicas, cambios bruscos de reglas, promesas incumplidas políticas, empresariales, sociales no pueden generar más que una lógica defensiva y caemos en el “mejor no creer demasiado”. Es, lo que podríamos decir, prudencia aprendida.
Dichos como “el que se quema con leche, ve una vaca y llora” es una muestra de esa característica intelectual del argentino. Lejos de ser un rasgo individual es una actitud colectiva que, como si fuera un fiel reflejo de la teoría adaptativa de Darwin, se debe a una acumulación de experiencias que lo van moldeando generación a generación.
Aun con todos los problemas que genera una falta de confianza constante en todos los aspectos de la vida no deja de ser una herramienta de supervivencia y el argentino se torna un agudo detector de riesgos, en entornos de inestabilidad [de la que sea] el argentino actúa rápidamente con una mirada critica que permite evitar “daños mayores”. Aun estando en la lona el argentino termina por levantarse.
Muchas empresas multinacionales se hacen de sus altos cargos con argentinos porque la presión diaria de este país hace que otros estados sean “Disney”. El inconveniente esta cuando el argentino se encuentra en un entorno estable, en una ciudad donde no existe el peligro, en una economía lineal, ahí, en esas situaciones, el argentino no sabe que hacer.
Escuche, recuerdo ahora, un economista argentino expresar algo similar al hablar de nuestra actual situación económica [estemos o no de acuerdo con su apreciación sobre el estado de la economía argentina], manifestaba que hablando con empresarios locales estos le habían afirmado, palabras más palabras menos, que así no se podía estar, que había que despedir directores y gerentes porque las empresas estaban yéndose al diablo… analizaba el experto que en realidad lo que pasaba era que tanto directores como gerentes no sabían cómo moverse en contextos de estabilidad macroeconómica. Sea o no así no deja de ser un ejemplo de lo que digo.
Podría pensarse que el escepticismo representara un freno, pero, como vimos, en entornos volátiles no resulta serlo. Aunque, si genera ciertos problemas, poner permanentemente todo en duda dificulta construir a largo plazo, confiar en proyectos, delegar, asociarse.
Esa capacidad de avanzar aun en las peores tormentas, de atar todo con alambre, forma parte de la cultura argentina y aunque en Argentina avanzar implica convivir con la incertidumbre, también implica animarse a creer en algo.
