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En el umbral de la primavera (Marcel Proust). Texto íntegro.

Publicado el 23 marzo 2026 por Elcopoylarueca

EN EL UMBRAL DE LA PRIMAVERA

«Los sueños que ponemos en los nombres permanecen intactos mientras los guardamos herméticamente cerrados…».
Marcel Proust

En el umbral de la primavera (Marcel Proust). Texto íntegro.

Marcel Proust, fotografía, 1885. Imagen de El copo y la Rueca.

En el umbral de la primavera se encuentra recogido en un librillo, de formato pequeño, titulado Los salones y la vida de París. Este volumen, que recoge seis crónicas de sociedad y cinco reflexiones sobre temas que nacen de una misma inquietud —el Tiempo ⇔ el tiempo ⇔ el hombre—, ofrece, puesto que los textos no sólo fueron escritos antes de En busca del tiempo pedido sino que adelantan los asuntos que dan argumento a la novela, la posibilidad de ir adaptándonos a la narrativa de Marcel Proust, donde la melancolía, las impresiones y la calma tienen su propio modo de expresión.

El ambiente que bulle en esa catedral de la literatura que es En busca del tiempo perdido es el de la Belle Èpoque, el de fin de «siècle», el del Parnasianismo, el de Art Nouveau, el del nacimiento de los ismos, el del auge del antisemitismo en Francia —caso Dreyfus, «Liga de la Patria Francesa»…—, el de la mecanización de la mano de obra, el de la decadencia del imperio de Francisco José I de Austria, el de las convulsiones que desembocan en la Primera Guerra Mundial y el del período de entreguerras.

Pero sucede que a diferencia de otras novelas, que en tiempo real narran el paso previo al abismo, la novela de Marcel Proust se centra en lo que antecede. Proust, a través de un recuerdo que le llega de manera imprevista, enlaza causas con orígenes. Mientras las artes plásticas y la poesía van sufriendo mutilaciones, van derivando en abstraccionismos y en simbolismos de difícil interpretación, que reflejan la incapacidad del hombre para comprender una modernidad que sustituye costumbres por máquinas, Proust edifica una catedral con vocablos, haciendo alarde de lo que se ha perdido: la paciencia. Él la ejerce —dedicó más de treinta años a su novela— y la exige al lector, porque tiene conciencia de que en la nueva sociedad, de esencia nihilista, el pensar no fertiliza… por exceso de inmediatez.

Cuánta belleza encierran las palabras dilatadas que saben sortear los obstáculos —las cascadas evocadoras de Proust— y que nos entregan, como premio al desafío que hemos vencido —el reto, como he dicho, es a la paciencia—, su reliquia más preciada: las claves para descifrar lo que el evocar revela.

Evocar a través de las metáforas y de las imágenes visuales es evocar despertando a la imaginación. Y es no olvidar. Evocar es comunicar el presente con el pasado. Evocar es profundizar en nuestra individualidad. Es tener conciencia del Yo.

Evocar es crónica dictada por las percepciones. Es despertar ese «algo» que duerme en la memoria. Es ahuyentar perezas y rutinas que sombrean las razones de nuestras decisiones. Evocar es coser lo creado con la idea. Es dar sentido a la vida: es hilar la Historia con la historia. Y en ese viaje hacia atrás, donde la memoria suple olvidos con ficciones, evocar es hermanar la realidad con lo imaginado y con lo deseado.

Evocar, por sobre todas las cosas, implica escuchar el eco del tiempo. Implica crear la atmósfera propicia para el pensar. Evocar permite a la emoción percibir «la música sucesiva de los días». Evocar implica… ¡sentir!

El ego aristocrático, el esnobismo artístico, los sonoros nombres de su época, la difícil convivencia, debido a la modernización, de Naturaleza y urbanidad, la ferocidad comercial y su interés en anular los símbolos de la cultura occidental… Todo lo boceteado en Los salones y la vida de París se halla, con fluidez y elegancia, en la novela de Proust.

Y ahora los dejo con En el umbral de la primavera, en la traducción de Vicente Corbi. Espero que esta crónica poética, que despierta una noticia sin trascendencia y que nos introduce en la infancia de Marcel Proust, estimule la lectura de Los salones y la vida de París.

En el umbral de la primavera (Marcel Proust). Texto íntegro.

EN EL UMBRAL DE LA PRIMAVERA

Espinos blancos, espinos rosas

En el umbral de la primavera (Marcel Proust). Texto íntegro.

Flores de espinos, lámina.

Leía no hace mucho, ha propósito  de este invierno relativamente suave que hoy termina, que en el curso de los siglos precedentes hubo días en que durante el mes de febrero florecían los espinos blancos. Mi corazón palpitó al escuchar ese nombre que corresponde al de mi primer amor por una flor.

Todavía hoy encuentro al mirarlos, la edad y el corazón que tenía cuando los vi por primera vez. Por más lejos que vea en una avenida su blanca gasa, renace el niño que fui entonces. Así la impresión débil y desnuda que despiertan en mí otras flores, se encuentra reforzada al tratarse de los espinos blancos, por impresiones más antiguas y jóvenes que la acompañan como las frescas voces de esos coristas invisibles que en algunas representaciones de gala sostienen y ahogan la voz fatigada de un viejo tenor, mientras que él canta una de sus antiguas melodías.

Entonces, si me detengo pensativamente a mirar los espinos blancos, no solamente mi vista, sino mi memoria y toda mi atención, entran en juego. Trato de deslindar cuál es esa profundidad sobre la cual se destacan los pétalos y que agrega como un pasado, como un alma a la flor; porque en ella creo reconocer cánticos y antiguos claros de luna.

Fue en el mes de María cuando vi, u observé, por vez primera, los espinos blancos. Inseparables de los misterios de cuya celebración participaban como las oraciones, colocados sobre el altar, prolongaban en medio de las antorchas y de los vasos sagrados sus ramas atadas horizontalmente las unas a las otras con una apariencia de fiesta, que embellecía más aún los festones en su follaje sembrado profundamente de botoncitos blancos, como una cola de novia. Más arriba se abrían sus corolas, que retenían negligentemente como un último y vaporoso velo en ramo de estambres que las abrumaba, y al tratar de acariciar en el fondo de mí el ímpetu de su florescencia, sin darme cuenta los imaginaba como movimientos aturdidos de una muchacha distraída. Cuando me arrodillaba, antes de partir, delante del altar, sentía al levantarme que se escapaba de las flores un olor amargo y dulce de almendras. A pesar de la silenciosa inmovilidad de los espinos blancos, ese olor intermitente era como el murmullo de si vida intensa, con la cual el altar vibraba también igual que una haya agreste visitada por vivas antenas, en las cuales se pensaba al ver algunos estambres casi rojos que parecían conservar la virulencia primaveral y el poder irritante de insectos metamorfoseados en flores.

Esas tardes, al salir del mes de María, cuando había claro de luna, en lugar de volver directamente a casa, mi padre, por amor de la gloria, nos llevaba a pasear por el Calvario, pues la poca aptitud de mi madre para orientarse y reconocer el camino hacía considerar el paseo de mi padre como la proeza de un genio estratégico. Volvíamos por la calle de la estación, donde se hallaban las casas más bonitas de la Comuna. En cada jardincito, el claro de luna, como Hubert Robert, sembraba trozos de mármol blanco, juegos de agua, verjas entreabiertas. Su luz había destruido la oficina del telégrafo. De ella no subsistía sino una columna semi-quebrada, que tenía la belleza de una ruina inmortal.

En el silencio que no absorbía nada, se destacaban por momentos, sin prisa, ruidos que venían de muy lejos, imperceptibles pero detallados con un tal «fini» que parecían no deber ese efecto de lejanía sino a su «pianissimo»; como esos trozos en sordina tan bien ejecutados por la orquesta del conservatorio, que, sin perder una nota, se podían oír muy lejos de la sala del concierto mientras que los antiguos abonados, encantados, tendían la oreja como si escucharan los progresos lejanos de un ejército en marcha que no hubiera volteado todavía la esquina de la calle de Trévis.

Yo arrastraba las piernas, me caía de sueño; el olor de los tilos, que embalsamaba el ambiente, me parecía como una recompensa que no pudiese obtener sino a cambio de las mayores fatigas, y que no valía la pena. De pronto, mi padre se detenía y preguntaba a mi madre: «¿Dónde estamos?». Fatigada por la marcha, pero orgullosa de él, mi madre confesaba tiernamente que no tenía ni idea. Él alzaba los hombros y reía. Entonces, como si la hubiera sacado del bolsillo de su saco, junto con su llave, nos mostraba la puerta de atrás de nuestro jardín que había llegado, con el rincón de la calle, a esperarnos al final de caminos desconocidos. Mi madre le decía con admiración: «¡Tú eres extraordinario!»

A partir de ese instante, ya no tenía que dar un solo paso, pues el suelo caminaba por mí en ese jardín en el que después de mucho tiempo mis actos habían cesado de acompañarse de una atención voluntaria: la costumbre me tomaba en sus brazos y me llevaba hasta mi lecho como a un niño.

Un domingo, después de almuerzo, cuando alcanzaba a mis padres, encontré el camino que subía hacia los campos, rumoroso del olor de los espinos blancos. El seto formaba una serie de capillas que desaparecían bajo el follaje de sus flores amontonadas como en un altar, por debajo de las cuales el sol ponía en la tierra un cuadrilátero de claridad, como si acabase de atravesar un vidrio; su perfume se extendía tan untuoso, tan delimitado en su forma, como si me encontrara delante del altar de la Virgen, y las flores así adornadas, sostenían con distracción su brillante ramo de estambres, finas y radiantes nervaduras de estilo vistoso como las que, en la iglesia, ilumina la rampa del arco o los cruceros del vitral, y que se expanden en una carne blanca de flor de fresal. Comparados con ellas, qué ingenuos y rústicos parecían los escaramujos que, en esa cálida tarde del domingo, subían al lado de ellas, a pleno sol, por el camino rústico, vestidos con la seda de su corpiño rojo que un soplo deshace.

Me gustaba permanecer delante de los espinos para respirar hasta en mi pensamiento, que no sabía lo que habría de hacer con él, ese olor invisible y fijo, uniéndome al ritmo que se desprendía de sus flores, con una alegría juvenil de intervalos inesperados como los calderones musicales, porque las flores me ofrecían indefinidamente el mismo encanto con una profusión inacabable, pero sin dejarme profundizar más que esas melodías que uno toca cien veces seguidas antes de penetrar en su secreto.

Volvía por un momento las espaldas a las flores para abordarlas enseguida con fuerzas más frescas. Perseguía hasta encima del barranco, que detrás del seto subía en pendiente rápida hacia el campo, alguna amapola perdida, algunos acianos que se habían quedado perezosamente atrás, que lo decoraban aquí y allá con sus flores como al bordado de una tapicería en el que aparece, salpicado, el motivo agreste que ha de triunfar sobre el tapiz; raras todavía, espaciadas como las casas que precedían ya la aparición de una aldea, me anunciaban la inmensa extensión donde revientan los trigos, se amontonan las nubes, y la vista de una sola amapola izada al cabo de su cordel y ondeando al viento su llama roja, por encima de su boya grasosa y negra, me hacía palpitar el corazón, como al viajero que columbra, sobre una tierra baja, una primera barca encallada que repara un calafate, y grita, antes de haberlo visto todavía: «¡El mar!»

Después volvía hacia los espinos, y me detenía ante ellos como ante esas obras de arte que uno cree ver mejor cuando por un momento ha cesado de mirarlas. Entonces, sintiendo esa felicidad que experimentamos cuando de nuestro pintor favorito vemos una obra que difiere de la que conocíamos, o como si se nos llevara delante de un cuadro del que no hubiéramos visto hasta entonces sino un croquis a lápiz, o si un trozo oído solamente en el piano nos aparece de pronto revestido de los colores de la orquesta, mi abuelo me llamaba para mostrarme el seto de un parque a cuya vera seguíamos, y me decía: «¡A ti que te gustan los espinos, mira un momento este espino rosa! ¡Es hermoso!»

En efecto, era un espino más rosado, más bello todavía que los blancos. También, con un vestido de fiesta —de esas verdaderas fiestas que son las fiestas religiosas, siempre que un capricho contingente no las aplique, como a las fiestas mundanas, a un día cualquiera que no les ha sido destinado y que nada tiene de esencialmente feriado—, pero un vestido más rico todavía porque las flores prendidas a la rama, las unas por encima de las otras, sin dejar sitio alguno que no estuviese decorado, como pompones que enguirnaldan un cayado rococó, estaban de «color» y eran por consiguiente de una calidad superior, según la estética de nuestro pueblo, si se las juzgase por la escala de precios, en el mercado de la plaza o en el tendero, donde eran más caros los bizcochos rosados.

Y precisamente esas flores habían escogido uno de esos tintes de cosas comestibles, o tendían a embellecerse con un vestido para una gran fiesta, pues, por el hecho de presentar de una manera visual la razón de su superioridad, parecen más bellas a los ojos de los niños, y por esto, guardan siempre para ellos más viveza y naturalidad que los otros colores, aun cuando acaben por comprender que los colores nada tienen que ver con su glotonería y no han sido escogidos por la costurera.

Y ciertamente yo sentí de pronto, como frente a los espinos blancos aunque con más sorpresa, que no era ficticiamente, por un artificio de fabricación humana, por lo que se había traducido a las flores una intención festiva, sino que la naturaleza espontáneamente lo había expresado, con la ingenuidad de un comerciante de aldea que trabaja para un altar del Corpus, sobrecargando el arbusto de rositas de un tono demasiado tierno y de un esplendor provincial.

En lo alto de las ramas, como tanto de esos pequeños rosales que están en tazas cubiertas por papeles de encaje que, en las grandes fiestas, se sacan a relucir en los altares, pululaban mil botones pequeños de un tinte más pálido y que, al entreabrirse, dejaban ver como en el fondo de una copa de mármol rosa, rojas estrías, y traicionaban, todavía más que las flores, la esencia particular e irresistible del espino que, dondequiera que brota, donde va a florecer, no lo hace sino en rosa. Intercalado en el seto, pero diferente también como una muchacha en vestido de fiesta en medio de personas sin vestir que permanecieran en la casa, lista para el mes de María del que parecía formar parte, así brillaba, sonriente en su fresco vestido rosado, el arbusto católico y delicioso.

Este año, cuando un poco más pronto que de costumbre mis padres fijaron el día de volver a París, en la mañana de la partida y como se me hubiera hecho encrespar para que se me hiciera un retrato, y colocar con precaución un sombrero que no me había puesto nunca, y vestir un traje de terciopelo, después de haberme buscado por todas partes, mi madre, me encontró llorando en esa colina, cuando decía adiós a los espinos blancos rodeando con mis brazos las ramas picantes y pisoteando mi sombrero, como una princesa de tragedia a quien pesan sus vanos ornamentos, ingrato hacia la importuna mano que había trabajado en hacer, cuidadosamente, esos nudos sobre mi frente, alisando mis cabellos.

Mi madre no se conmovió con mis lágrimas, pero no pudo retener un grito a la vista del peinado deshecho y del vestido perdido. Yo no la entendía. «¡Oh! Mis pobres espinitos», decía llorando, «no sois vosotros quienes queréis apenarme, forzándome a partir. ¡Jamás me habéis mortificado! Os querré siempre». Y limpiándome las lágrimas, les prometí que cuando fuera grande no imitaría la vida insensata de los otros hombres, y aún en París, los días de primavera, en lugar de ir a hacer visitas y a escuchar naderías, partiría al campo para ver las primeras flores de los espinos blancos.En el umbral de la primavera (Marcel Proust). Texto íntegro.

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