Llega esta hora, la hora muerta, la hora final en el trabajo donde cruzamos los dedos para que no llame el jefe con algo de ultima hora. Los sesenta minutos finales para poder ver la luz del dia, para que los rayos del sol peguen en la cara, para caminar cansado por las veredas, para subir a un subte abarrotado, en fin, para ir a mi casa.
La hora final, se hace dura, se hace larga, se hace infinita. La hora muerta que esperamos no resucite a ultimo momento con un ring-ring en el teléfono, un mensaje de “usted ha recibido un nuevo correo”, seguro de algún empleado de otra empresa que aguardo hasta ultimo momento para cagarme mi hora final y patear su trabajo para el otro día (¿quien no lo ha hecho?).
Y el destino quiso que frente a mi un gran reloj, de esos antiguos, me vaya cantando con sus campanadas cada curto de hora. Lejos de apaciguar mi ansiedad me pone los nervios de punta. Esa cuenta regresiva que nunca llega a cero.
Esta ultima hora donde todos en la oficina van preparando sus mochilas para salir corriendo. Los dos ascensores del edificio de diez pisos que no llevan mas de tres personas trabajan lo que no lo han hecho en todo el día. Como consuelo de tontos presionamos los botones uno detrás del otro como si con el primero no bastara. Esa luz roja que indica que ya fue advertido de mi presencia parece ignorar las intenciones de los incontinentes dactilares.
Viene el ascensor y se escucha desde su interior una voz socarrona que dice “completo”… la suerte de estar en el piso quinto y padecer el sistema que ignora las prioridades mías y respeta la de los pisos superiores. Verlos pasar da asco.
Esta hora muerta en la que voy preparando mi lista de Spotify para el viaje. Esta hora muerta que, espero, no vuelva de entre las horas muertas a “empiojarme” mi pseudo-tranquilidad. Esta hora muerta en la que hago que trabajo para las cámaras que mi jefe mira con intensidad, esperando ver el primer movimiento de huida para tomar el conmutador y marcar mi interno (o el de alguno que como yo esta a la espera). El que se mueve primero pierde.
Suena el teléfono del escritorio contiguo y quien debería estar ahí no está. Levanto la llamada puteando internamente y no, no era ni para él ni para mí. Esta hora muerta donde papeles vírgenes desfilan en manos sudorosas que pretenden disimular su teatro.
Así pasan los sesenta minutos que le sobran a mi jornada laboral, en realidad a la empresa entera, podría arrancarse de cuajo y nada sucedería. El mundo continuaría girando como hasta hora aunque yo seria un poco (sesenta minutos) más feliz.
Hasta mañana, hasta mañana, dicen los atrevidos que osan irse antes. Placenteramente caminan por la oficina, enrostrándonos su habilidad para que nadie interrumpa su salida.
Últimos minutos, ya llega, todo guardado, auriculares en la mano. Mochila presta entre las piernas debajo del escritorio para el raje. Por fin, me fui. Hasta mañana que nuevamente me da la posibilidad, ingrata, de pasar una hora cortando clavos y pensando en lo frustrante que es ser un esclavo en el siglo XXI.
