Revista Diario

Llueve en la ciudad

Publicado el 16 abril 2026 por Kanguro19
Llueve en la ciudad

Llueve en la ciudad, yo ya había visto el pronóstico y me había preparado. Me compré un cubre mochila que me llego justo. Así que hoy lo fui a colocar, a usar por primera vez, y es chico.  Bueno, tomo aire, respiro profundo y pienso: “viví sin esto hasta hoy, puedo sobrevivir otra lluvia”.

Tomo el paraguas plegable, que tengo en la mochila, se abre y fin de la historia. Comienzo a caminar por las veredas porteñas y esto me recuerda que alguna vez ya escribí sobre esto. Me propongo hacerlo nuevamente sin releer aquel viejo escrito.

No soy extremadamente alto, mido 1.81 mts., lo suficiente como para que el paraguas que debiera protegerme de la lluvia no sirva más que de protector de cabeza. Las piernas largas se mojan igual. La mochila debo ponerla al frente porque si no, tal cual sucede en el techo de chapa en desnivel, el agua corre a borbotones sobre ese infiel artefacto desechable cayendo sobre mi cargamento.

Y así, suspiro otra vez. Maldigo internamente la compra del cubre mochilas y piso una baldosa floja, completo, un escupitajo de barro que pega de lleno a media caña y comienza a derramarse hasta llegar a mis zapatillas blancas. Completo. ¿Será tan difícil pegar correctamente las baldosas? Porque veredas hacen, porque las veredas están, pero no duran un mes pegadas. No soy ingeniero ni albañil, pero creo que no debe ser muy complejo pegar las baldosas correctamente.

Camino en una fila india de personas que, igual que yo, llevan sus bonsáis de sombrillas sobre si mismos, en un transito descontrolado donde chocan sus laterales contra paredes, arboles, contra otros atrevidos que no manejan su paciencia y quieren sobrepasar, en fin, una fila larga de personas que van al mismo lado.

Miro mi pantalón salpicado con esa mezcla barrosa que va tornándose blanca. Maldigo a quien pegó la baldosa. Llego a la entrada del subte y los paraguas comienzan a cerrarse como en una coreografía uno a uno, los que vamos por la derecha, mientras que los que viene por el lado izquierdo comienzan con igual sincronía a abrirse uno tras otro. Más allá de los inconvenientes que se plantean no deja de ser un espectáculo simpático.

Llueve en la ciudad y no hay olor a tierra mojada como en mi pueblo, es otro olor, un olor no tan puro, no tan limpio. Es el olor a ciudad mojada, a calles sucias, a veredas de baldosas flojas. Olor a barro putrefacto.

Llueve en la ciudad y las personas olvidan por un instante esa necesidad de combinar sus ropas poniéndose camperas de todos colores, porque para los fabricantes y diseñadores de ropa para lluvia los cánones de moda son otros y si el color es sobrio el largo es exagerado.

Llueve en la ciudad y, esto es una norma, haga lo que haga me mojo. Así, nuevamente, llego tarde al trabajo y, obviamente, mojado. El paraguas es desechable. No sirve. Por eso la gran mayoría de argentinos no los usa y sorprende a los extranjeros visitantes que, dos por tres, andan subiendo videos a sus redes sorprendidos por esa valiente decisión de no usarlos cuando, en realidad, detrás de esa decisión, no hay más que una resignación.


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