Desde hace un tiempo, mucho tiempo, vengo planteando que las nuevas tecnologías no son lo mío y me rehúso a ser de la primera oleada que se sumerge en ellas, lamentablemente, con el tiempo y, aún contra mi voluntad, termino abrazándola, un abrazo falso, frio, no querido.
En los últimos meses, probablemente, en los últimos dos años la IA -inteligencia artificial- ha irrumpido masivamente y los usuarios de dicha herramienta viene en aumento; lejos de ingresar en la discusión de si IA si o IA no planteo mi sensación.
Jesús durante los 40 días en el desierto sufrió la tentación del diablo en tres oportunidades, leemos entonces, acercándose el tentador, le dijo: «Si eres el Hijo de Dios, di que esas piedras se conviertan en panes para comer»; aquel no cayó en la tentación. Haciendo una muy mala analogía puedo decir que, al momento de sentarme frente a la hoja en blanco, el diablo susurra en mis oídos “Si pones chatgpt en la barra de dirección podrás llenar este virgen lienzo” (…) acto seguido me fuerzo a no oírlo y tecleo una lluvia de ideas y que salga lo que salga.
Justamente ayer, y ese ha sido el detonante, en Infobae, un medio periodístico digital, leí una nota titulada: Federico Andahazi, “víctima” de la Inteligencia Artificial: “No hay nada para hacer”. Subrrayaba en la entrevista el carácter disruptivo del fenómeno: “El propósito es sustituir a los escritores y poder escribir como lo haría un escritor. Es impresionante. Por una parte es muy deslumbrante este dispositivo casi borgiano que puede escribir. Vos podés dialogar, podés hablar de literatura. Yo me paso horas hablando de literatura con Claude, con ChatGPT”.
Es cierto que la interacción con, en este caso, Chat GPT logra asombrar, pero claro, como en las películas, no deja de tener ese cierto aspecto a robotito; se me viene a la mente la voz de esos humanoides que hablan todo pausado. Aun cuando bien entrenada puede producir textos con cierto estilo son, al menos desde mi punto de vista, detectable. En fin, una obra de arte, la pintura o la escultura, una obra literaria, una obra musical es perfecta por su imperfección. Ese detalle que la hace única e irrepetible. Ese detalle que, voluntaria o involuntariamente, el autor le imprimió y es, aun cuando se quiera ocultar, perceptible para el espectador. Es, en definitiva, lo que la distingue. Eso no lo hace la IA porque, repito, aun bien entrenada no erra, porque hasta cuando quiere agregar la imperfección premeditada se nota.
No puedo olvidar que son programas y la autenticidad no se puede programar. Detrás de cada detalle en una producción hecha por la IA hay un patrón estadístico, una simulación, mientras que en la humana esta eso que esta y no se ve, eso que nos hace distintos, los sentimientos que, influidos por el entorno, el contexto, el clima, la luz… dejan autentica huella.
Por último, nuestros tiempos que corren a una velocidad abismal, la ansiedad, la necesidad, abren la puerta para que se presente el diablillo a susurrar al oído “hey aquí está la IA” y en un rato “vomitar” un LO QUE SEA pero nunca será perfecto, justamente, porque es perfecto.
