Revista Diario

En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson).

Publicado el 11 marzo 2026 por Elcopoylarueca

EN DEFENSA DE LOS OCIOSOS


«No hay deber que infravaloremos tanto como el de ser felices».
Robert Louis Stevenson

En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson).

Robert Louis Stevenson, John Singer Sargent, óleo sobre lienzo, 1887.

En defensa de los ociosos (1877) es un libro breve, terapéutico y sabio; además de ser una curiosidad para el lector actual, pues al escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) lo conocemos no tanto por sus reflexiones como por sus novelas de aventuras y de temática gótica, como son La isla del tesoro (1883), El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886) y La flecha negra (1888).

El ensayo que hoy reseño está dividido en ocho capítulos que, aunque con aires independientes, se tejen entre sí. En ellos se asocia el recreo con nuestro comportamiento, con la vocación profesional, con la naturaleza y con las distintas etapas de la vida.

Stevenson medita sobre cómo la falta de esparcimiento afecta la comunicación entre las personas: la sociedad victoriana, que ya padecía el consumismo estresante, redujo el vocabulario y sustituyó, nos dice el escritor, la opinión personal, resultado de la meditación, por frases hechas.

En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson).

Disfrutando de la primavera.

Robert Louis Stevenson llama la atención sobre la necesidad de recuperar espacios para el divertimento. Stevenson nos dice que quien subestima el ocio pasa por la vida sin descubrirse a sí mismo. ¡Oh…!, pero el ocio reclama tiempo. La naturaleza y el tiempo son los protagonistas silenciosos de este sabio ensayo, no exento de ironía, que se lee de una sentada.

¡El tiempo…!, que tanto maltratamos. ¡El tiempo…!, que canjeamos por hipotecas y pacotillas. Pero…, ¿de qué sirve acumular si no tienes momentos para disfrutar lo que almacenas?

La naturaleza y el tiempo no son sólo conceptos teóricos a debatir en tertulias filosóficas, religiosas, políticas o literarias. Son elementos que nos atañen como individuos: de nosotros depende no convertirnos en ratoncillos obsesionados con mover la noria —la obsesión limita el aprendizaje y el rendimiento. 

En defensa de los ociosos nos advierte de lo importante que es para el intelecto «buscar asociaciones»: los contrastes despiertan impresiones. Una climatología hostil, por ejemplo, nos hace apreciar mejor la calidez que nos ofrece el hogar.

En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson).

El bosque de Fontainebleau, Camille Corot, óleo sobre lienzo, 1834.

El paseo por los bosques de Fontainebleu, al que nos invita Stevenson, visitante del sitio en época de grandes artistas plásticos, nos revela que sin tiempo para dedicar a lo que se ama las galerías no se hubiesen vestido con los óleos de los impresionistas, los fauvistas, los puntillistas… Esas pinturas son, afirma el autor, «el salario del alma» de todo creador. Y son el testimonio, digo yo, de que el tiempo libre, cuando es bien aprovechado —única condición para que fructifique—, es la mayor riqueza de la humanidad. 

¡Ay…!, cuántas horas hurtamos al placer de los sentidos, que es donde florecen la belleza y la imaginación; y donde el deleite es musgo que acoge a la alegría. Lector, no debemos olvidar que son las pequeñas cosas los puntos cardinales del mapa de las grandes cosas de la vida.

En defensa de los ociosos se encuentra en catálogos de distintas editoriales. Es un ensayo que hechiza. Es brújula que nos guía para que descubramos dónde hemos dejado que la reflexión se pierda. Es voz sabia que nos alerta en estos tiempos en los que las pantallas virtuales nos secuestran.

En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson).

En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson).

ENLACES RELACIONADOS

Renoir y Maupassant a la orilla del Sena.

Penas de amor de una gata inglesa (Balzac).

Gustave Caillebotte. La pintura y el impresionismo.

El petirrojo, los burros y las garzas (María Gabriela Díaz Gronlier).

Henri Rousseau, el Aduanero. Pintura naíf.

Una fantasía del doctor Ox (Julio Verne).

Los fauves visitan Madrid. Pintura.

Criselefantinas: esculturas Art Decó.

Los impresionistas y la fotografía.

La mandrágora (Jean Lorrain). Y… Montmartre.

Victor Hugo. Poemas de amor.

Baudelaire y «Las flores del mal». Poemas.

El diablo enamorado (Jacques Cazotte).

Zuloaga en el París de la Belle Époque, 1889-1914.

El París artístico de fin de siglo y Félix Vallatton.

Toulouse-Lautrec. Carteles.

Vicent van Gogh. Flores y paisajes.

Filosofía de la danza (Paul Valéry). Texto íntegro.

Balthus, el tiempo y la fugacidad.

«El regador regado». Primera película de ficción.

Berthe Morisot. Impresionismo con nombre de mujer.

Édouard Vuillard: el pintor de las sensaciones.

La imagen humana: arte, identidades y simbolismo.

Sobre la facultad mimética (Walter Benjamin). Texto íntegro.

El árbol encantado del Retiro (María Gabriela Díaz Gronlier).

Alejandro de Humboldt y la Ilustración (I).

Alejandro de Humboldt y la Ilustración (II).

El hombre que plantaba árboles (Jean Giono).

Caos y cosmos: la naturaleza en la Antigua Grecia.

El triunfo de la belleza (Joseph Roth).

La margarita. Reflexión (María Gabriela Díaz Gronlier).

En defensa del miedo razonado (María Gabriela Díaz Gronlier).

Descripción de una paisaje (Hermann Hesse). A propósito de Terrafilia.

El paisaje norteamericano (Whitman y Asher Brown Durand).

La entrada En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson). se publicó primero en El Copo y la Rueca.


Volver a la Portada de Logo Paperblog