Revista Diario

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

Publicado el 03 abril 2026 por Elcopoylarueca

LA ROSA SANGUÍNEA

«… y un claro has abierto así en el cielo».

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

Henry David Thoreau, retrato de Samuel Worcester Rowse, 1854.

La rosa sanguínea es un canto a la naturaleza. Con un decir claro y rico en impresiones, Henry David Thoreau versa sobre el rocío, sobre las crecidas de los ríos y el agua en las calas dormida. Versa sobre las hojas caducas, que silencian el paso de los vivos, y sobre nieblas que, al cegarnos, despiertan los sentidos.

El poeta advierte sobre el maleficio que padece la flor, cuya belleza en el nacer va muriendo. Y tampoco olvida que bajo tierra también corren los días. El autor, ¡cómo no!, regala rimas, trenzando lunas y soles, a las aves que con sus cantos notifican la llegada de las estaciones. H.D. Thoreau (1817-1862) y Walt Whitman (1819-1892) no sólo hicieron de la naturaleza símbolo de la libertad individual, sino que le otorgaron el papel de protectora de la espiritualidad.

El tiempo vivido por el movimiento trascendentalista de la Nueva Inglaterra (aprox. 1830-1850) abrió paso a un nuevo capítulo en la historia de la humanidad. El ciclo iniciado, que conduce a nuestro días, era el de la Primera Revolución Industrial (1760-1840); pero la nueva era necesitaba cambiar la estructura pensante y tradicional de la sociedad: al desarrollismo le urgía no sólo destruir bosques para construir urbes, sino fabricar al hombre amnésico, al hombre que, ajeno a sus orígenes, canjea naranjales por ladrillos.

En Tardanza del poeta se pregunta H. D. Thoreau: «¿Pues no resuenan / aún los bosques / en mi canto?» Son sus bosques los del azulejo, protagonista absoluto de uno de los poemas que considero más bellos. En La rosa sanguínea el hombre está en sintonía con el universo, nido de lo inmensurable. Es La rosa sanguínea una nana que arrulla el alma del moderno hombre insomne.

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

«Y yo vagué sin rumbo por la tierra vaporosa…».

Forastero que por aquí andas, voy a dejarte tres poemas que he seleccionado de La rosa sanguínea con la intención de que te acerques a esta antología, traducida y prologada por Carlos Jiménez Arribas y que cuenta con unas acuareladas ilustraciones que atemperan el alma.

Forastero, mi intención es que piques, cual pájaro goloso del madroño maduro, en La rosa sanguínea; pues es antídoto contra la negatividad que mana de esos pantanos que son los medios audiovisuales, medios que anulan nuestra capacidad de contemplar y de meditar, dos de los sostenes imprescindibles de la conciencia, del pensamiento y de la felicidad.

Acompaño los poemas con cuadros del postimpresionista Henry Moret (1856-1913) porque las vanguardias, desde sus comienzos, también se rebelaron contra la deshumanización de la prosperidad moderna: los ismos pusieron sus dones al servicio de los entornos naturales que Dios nos ofreció para que nos encaminemos en «majestuoso paso hacia la eternidad».

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

POEMAS

♣

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

El cazador, Henry Moret, óleo sobre lienzo, 1891.

LOS AZULEJOS

En la copa del chopo que está a nuestra puerta
pusimos una caja nido para los azulejos
y esperamos que, antes de acabar el verano,
una alada pareja se viera tentada a anidar dentro.

Un caluroso día de verano vinieron los azulejos
y se posaron en nuestro árbol,
mas fueron al principio unos viajeros poco mansos
y de mí se mostraron desconfiados.

Venían al parecer del sur lejano,
cruzando el bosque de Walden,
y lo peinaron en su vuelo con el pico abierto
cerca de donde la laguna se abre.

Con sus trinos rodearon el lejano risco
y trinando sobrevolaron la pradera,
hasta que, raudos sobre la fragua
a trinar vinieron a mi puerta.

Vinieron a posarse encima de la caja
sin mirar dentro del agujero,
dieron solo unos saltitos por los lados,
como pértiga de pozo en el alero.

Creo que nunca me habría fijado en ellos,
ni ellos en mí jamás habrían reparado
hasta que por casualidad salí a la puerta
y los vi venir hasta llegar al álamo.

Con el paso del tiempo allí hicieron su nido
y sacaron adelante a su feliz nidada:
todas las mañanas soltaban sus mejores notas
según volaban bosque adentro en la enramada.

Así fue desgranando sus horas el estío
solo para mí y para los azulejos,
y en cada hora cabía un día de verano
y para los que lo vivíamos en sosiego.

Un mundo aparte se sabían en sí mismos,
y un mundo aparte para mí me supe,
en el árbol, los duendecillos,
encaramados con su familia implume.

Una mañana sopló el viento frío y agreste,
caían las hojas en mil espirales,
y fue ese día ventoso y desabrido
cuando se prepararon para hacer su largo viaje.

Bajó del norte Bóreas con grandes bramidos
erizándoles el azul de los plumajes,
y reacios aventaron a los pollos de su nido
por vía de los antediluvianos escarpes.

Iba la tierra mientras dando tumbos sin descanso
con su manto de un blanco purísimo,
brotó a su tiempo una nueva primavera
cuando el invierno ya se había consumido.

Y yo vagué sin rumbo por la tierra vaporosa
y paré la vista en el sosegado cielo,
aunque nunca desde el día que nací
vagué con tanto tino y tanto celo.

Nunca antes estuvo tan queda la tierra,
ni nunca lució el cielo así de plácido,
el río, los campos, los bosques y el otero
un suspiro casi audible habían soltado.

Sentía por doquier en derredor los cielos,
con toda la tierra por debajo,
como cuando al oído sube un ruido súbito
que te hiela la sangre en el acto.

Soñé que un alertado pensamiento era,
algo que apenas me era conocido,
nada que fuera sólido, ni una nada huera,
solo una gota de madrugador rocío.

Éramos el mundo y yo jugando al escondite,
como a esquivar mi sombra semoviente,
una idea aquietada en lo más hondo de lo eterno,
de punta a punta de este continente.

Hasta que una débil nota con su trino
emergió de los plumajes azul cielo
y llegó flotando mansamente a mis oídos
como cuando se avecina el sueño.

Mi alma traspasó sin darme susto alguno,
extraños recuerdos en mi mente destellaron,
como pasa en la vigilia al recordar del sueño
escenas lejanas que son aún frescos retazos,

el azulejo había venido desde el sur lejano
hasta esta caja nido en la copa del chopo,
y abrió de par en par el delicado pico
para cantarme a mí a propósito.

*

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

Isla de Groix, Henry Moret, óleo sobre lienzo, 1894.

LA NATURALEZA

Oh, naturaleza, no está entre mis anhelos
llevar la voz cantante de tu coro,
ni por el firmamento ser un meteoro,
o un cometa que surque los cielos,
tan solo un céfiro que soplar pudiera
entre las cañas del bajío en la ribera.
Dame tu recoveco más secreto
y que en el aire pueda allí correr mi reto.
En una impública y retirada braña
déjame soplar en una caña,
o, en la floresta, de fragores llena,
oficiar con un susurro la tarde serena,
que prefiero ser de ti criatura
y pupilo del bosque en su espesura
que rey de reyes en otra parte,
ser más esclavo en la atención que se te imparte
y dueño de tu aurora un solo instante,
que deferir un año en la ciudad enajenante.
Dame labor si cabe más severa
pero que sea siempre a tu vera.

*

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

La isla de Groix, Henry Moret, óleo sobre lienzo, 1898.

LA MAÑANA INTERIOR

El el armario de la mente guardo yo la ropa
de la que hace gala la naturaleza,
y según se va mudando hora tras hora
todas las cosas recompone a su manera.

En vano busco el cambio afuera,
y no hallo nunca nada nuevo
si otro rayo de esa paz secreta
no me ilumina la mente por dentro.

¿Qué es lo que dora el árbol y la nube,
qué pinta en su primor los cielos,
si no esa luz que con su rayo cunde,
inalterable, allá a lo lejos?

Mirad: si el sol el bosque cruza
una mañana de invierno,
los rayos de esa luz intrusa
la noche oscura sumen en silencio.

¿Cómo iba a saber el pino, tan paciente,
que llegaría la mañana con su brisa, cómo iba la flor a ser consciente
del zumbido del insecto a mediodía

si la nueva luz de gozos matinales
no viniera de lejos a colmar claros y sendas, a contárselo en pocas palabras a los árboles
que abarcan leguas y más leguas?

El alma, en su fuero interno,
me ha dado de mañana más alegres nuevas, la mente, al hacer de su horizonte el lienzo,
más exóticas entretelas,

que la luz crepuscular del alba,
cuando despiertan los primeros pájaros,
y se oye en algún bosque en la calma
que las ramitas van quebrando,

más que se ven en cielos orientales, antes de que el sol asome,
heraldos de rigores estivales
que de lejos enarbolen.

La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas.

ENLACES RELACIONADOS

El paisaje norteamericano (Whitman y Asher Brown Durand).

Turgueniev. Once poemas en prosa.

El Lejano Oeste: Cole, Bierstadt, Bodmer y Catlin.

Percy Shelley. Poemas.

Poemas románticos (Emily Brontë).

Poemas románticos (John Keats).

Adviento. Poema (Rainer Maria Rilke).

Walt Whitman. «Vida y aventuras de Jack Engle».

Katherine Mansfield. Poemas.

Bret Harte. «Cuentos del Lejano Oeste».

Edgar Allan Poe. Poemas.

Baudelaire y «Las flores del mal». Poemas.

«Salomé». Oscar Wilde, Alla Nazimova (película).

Édouard Vuillard: el pintor de las sensaciones.

Renoir y Maupassant a la orilla del Sena.

Édouard Vuillard: el pintor de las sensaciones.

Arte americano en la colección Thyssen.

Vicent van Gogh. Flores y paisajes.

No hay como una noche de amor (María Gabriela Díaz Gronlier).

El árbol encantado del Retiro (María Gabriela Díaz Gronlier).

El petirrojo, los burros y las garzas (María Gabriela Díaz Gronlier).

El viejo árbol. Relato (María Gabriela Díaz Gronlier).

Meruelo, un rincón de Cantabria. Poema (María Gabriela Díaz Gronlier).

Y llegó la primavera. Poema (María Gabriela Díaz Gronlier).

La margarita. Reflexión (María Gabriela Díaz Gronlier).

Los impresionistas y la fotografía.

La colección de la Phillips Collection. Impresionistas y modernos.

«Decolonizar la mirada»: la manipulación en el arte.

El hombre que plantaba árboles (Jean Giono).

Max Ernst y su «Historia Natural». Prefacio.

Naturalezas muertas en las artes del siglo XX.

Descripción de un paisaje (Hermann Hesse). A propósito de Terrafilia.

En defensa de los ociosos (Robert Louis Stevenson).

En el umbral de la primavera (Marcel Proust). Texto íntegro.

La entrada La rosa sanguínea (H. D. Thoreau). Poemas. se publicó primero en El Copo y la Rueca.


Volver a la Portada de Logo Paperblog